Lunes, 6.43 am, pleno centro de Rosario. Es una de esas madrugadas ideales de otoño en las que no hace frío ni calor. La parada de colectivo está repleta de gente. Algunos van a trabajar, también hay madres con chicos en edad escolar y algún universitario con cara de dormido. A su turno, miran el horizonte, el reloj y el celular. Abundan las caras de fastidio. Un hombre que acaba de cruzar la calle advierte al grupo: "Hay paro, no va a venir ninguno". Un adolescente de los que estaba mirando su celular le da la razón: "Hubo una amenaza y los choferes no están trabajando", acota. Se escuchan lamentos y alguna puteada, abunda la frustración. Nadie sabe bien qué hacer. Para muchos, la caminata no es una alternativa y los taxis se volvieron inalcanzables para la mayoría de los bolsillos.
Casi a la misma hora, el grupo de WhatsApp de alumnos de un tercer año de una escuela pública estalla. "Mataron a un colectivero", tira alguien. Pronto, otras voces ajustan la información. "No mataron a nadie", "hay paro", "dejaron una amenaza a los choferes". Muchos cuentan que no tienen como llegar a clases. El diálogo se repite, casi idéntico, en un grupo de mensajería compartido por madres de una escuela privada. "Chicas, no hay colectivos en la calle", alerta una integrante, que asegura tener información directa de un colectivero amigo.
La información que circula es confusa: debaten si el paro afecta a todas las líneas o solo algunas. La ola de mensajes se arrima hasta los grupos de docentes, donde se realizan rápidos conteos para ver quién llega y quién no a la institución (alumnos y docentes a más de 20 cuadras están eximidos) para sacar una matemática rápida de qué cursos están "solos". Solos en el único día de la semana que sí hay actividad en las escuelas, el resto hay paro o son feriados de Semana Santa. En paralelo, algunos padres comienzan a intercambiar mensajes por privado para coordinar idas y vueltas de grupos de chicos en autos particulares.
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Foto: Virginia Benedetto / La Capital
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Los primeros reportes del paro sorpresivo de colectivos llegan a las redes sociales en formato de anticipos. La información es escueta, parece un telegrama, porque todavía está en proceso. Apenas una foto de un colectivo y la advertencia sobre una medida de fuerza. La gente completa la información en los comentarios, donde algunos cuentan que se enteraron "en la garita". Otros expresan su bronca por "nunca tener un día normal en esta ciudad" y están los que dejan por escrito sus dudas, que a esa hora nadie puede responder.
Nadie sabe bien cómo seguir pero hay entre los rosarinos algún entrenamiento en adaptarse "a lo que va pasando", forzados por una agenda imprevisible que los obliga a esta gimnasia, de modo que varios planes alternativos se ponen en marcha. Y, cuando se puede, con algo de humor. En los whatsapp y en redes, se repite el meme de Alberto Fernández cansado que incluye la leyenda "¿Qué pasó ahora?".
Pasadas las 7, Alem y Zeballos, esquina del hospital Provincial. Hay cuatro personas esperando. "No hay colectivos", les advierte una mujer que acompaña a sus hijos al colegio y pasa por allí caminando. "Ya sabemos, estamos esperando taxis, pero tampoco hay", le responde angustiada una mujer enfundada en un traje corporativo. Los taxis no están de paro, pero no dan abasto para responder a la demanda. Todos los que pasan están ocupados. Algunos desconocidos comienzan a hacer planes juntos para poder llegar a su destino. Las calles están repletas. De gente que camina hacia algún lugar. De autos particulares, algunos bastante apurados, que tocan mucha bocina y paran con lo justo en las esquinas. De bicicletas, muchas bicicletas.
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Foto: Virginia Benedetto / La Capital
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Son las 7.30 de la mañana. Un hombre lee en el interurbano a la espera de llegar al trabajo. Su lectura es interrumpida de manera continua. Pronto advierte que no es un viaje rutinario. Este lunes parece que todo el mundo quiere subirse al colectivo, aunque no sepa a donde lo deja. Sobre todo gente mayor, que frena al vehículo en cada parada. "¿A dónde me lleva?", repiten hombres y mujeres desde los escalones de ingreso al vehículo. "Voy a Gálvez, señora", repite invariablemente el chofer, aunque a veces cambia el "señora" por "señor". De tanto repetir la misma frase, el tono va sumando fastidio.
En el fondo del colectivo, los pasajeros comienzan a compartir información. Muchos se preocupan porque no saben si están funcionando los colectivos con los que tienen que hacer trasbordo para llegar al destino final. Pero otros directamente se preguntan: "¿Y ahora, cómo vamos a volver?". Las últimas cuadras antes de llegar a plaza Sarmiento son escenario de un gran embotellamiento -producto de unas obras en las calles- y el chofer altera su recorrido. Algunos pasajeros entran en pánico y temen "que los lleven al galpón". El alivio llega cuando arriban a la parada de Mendoza y Corrientes, donde se abren las puertas y baja la mayoría para comenzar una nueva jornada, en una ciudad donde lo inesperado ya se volvió rutina.