Carlos Alonso, Berni y Castagnino: los encuentros que marcaron una época
A fines de la década del 40, Alonso dejó su provincia natal y se trasladó a Tucumán atraído por la transformación que Lino Enea Spilimbergo estaba impulsando en la escuela de arte de esa provincia. En 1950 continuó allí sus estudios junto al propio Spilimbergo, Pompeyo Audivert y Lajos Szalay en el Instituto Superior de Artes de la Universidad Nacional de Tucumán.
Spilimbergo se convirtió desde entonces en mucho más que un maestro. Alonso encontró en él una referencia por su rigor artístico, pero también por su posición ética e ideológica y por su concepción del lugar que debía ocupar un artista frente a la realidad.
Esa experiencia lo acercó además a un grupo de figuras que marcarían el arte argentino del siglo XX. Alonso, Spilimbergo, Antonio Berni, Juan Carlos Castagnino y Ramón Gómez Cornet comenzaron a encontrarse en el Noroeste argentino para trabajar, intercambiar experiencias y discutir las problemáticas que atravesaban a las provincias de la región.
Los encuentros se repitieron especialmente en Río Hondo y Santiago del Estero. Allí podían trabajar en contacto directo con la gente y el paisaje del interior del país, confrontar obras y discutir una perspectiva artística que se alejaba del centralismo porteño.
Una fotografía tomada en Río Hondo en 1958 dejó registrado uno de aquellos encuentros.
Cuatro gigantes de la pintura argentina. Juan Carlos Castagnino, Lino Enea Spilimbergo, Carlos Alonso y Antonio Berni
en Rio Hondo, Santiago del Estero, en 1958.
Alonso, Berni y Castagnino terminarían ocupando, junto a Spilimbergo, lugares centrales dentro del realismo social y las distintas vertientes del neorrealismo argentino. Cada uno desarrolló una estética propia, pero compartieron el interés por las condiciones de vida de los sectores populares, la experimentación formal y la convicción de que la pintura podía intervenir sobre la realidad y la historia del país.
Después de su regreso de Europa, Alonso volvió a trabajar en Santiago del Estero junto a Berni, Castagnino y Spilimbergo. Aquellas experiencias, además de los proyectos y exposiciones colectivas que compartieron, consolidaron una relación artística que se prolongaría en su obra durante años.
Mucho tiempo después, en la década del 80, Alonso evocaría aquellas reuniones de los años 50 en una serie de trabajos sobre esas tertulias.
Spilimbergo, el maestro que Carlos Alonso volvió a pintar una y otra vez
La muerte de Spilimbergo, el 16 de marzo de 1964, tuvo un impacto profundo en Alonso. Lo llevó a revisar los años compartidos y dio origen a una extensa serie de retratos que comenzó a mostrar públicamente en 1967, en una exposición de Art Gallery International de Buenos Aires.
No se trataba simplemente de representar a su antiguo maestro.
Alonso utilizó esos retratos para preguntarse también por el lugar del artista, por su reconocimiento y por la manera en que una sociedad podía olvidar a personas que habían sido fundamentales para su cultura. Esa búsqueda se extendería después hacia figuras como Vincent van Gogh, Rembrandt y Gustave Courbet.
Los retratos de Spilimbergo fueron particularmente crudos. En uno de ellos aparece sentado sobre una cama común, cuyo colchón se hunde bajo su peso, acompañado por un perro dentro de una modesta casa-taller sin lujos. Ese realismo llegó a provocar cuestionamientos entre algunos de sus compañeros del Partido Comunista, que consideraban que esas imágenes podían afectar la dignidad del maestro.
Para Alonso, sin embargo, el retrato era otra cosa: una forma de volver a mirar a Spilimbergo y, al mismo tiempo, de mirarse a sí mismo.
Durante el exilio retomó esa exploración a través de retratos de grandes artistas europeos. Claude Monet, Pierre-Auguste Renoir, Van Gogh y Egon Schiele aparecieron entonces representados en escenas atravesadas por la angustia y el sufrimiento. De esos años también data su Retrato de Lino Enea Spilimbergo.
De Mendoza a Europa: la formación de Carlos Alonso
La carrera de Alonso había comenzado a adquirir proyección nacional mucho antes. En 1953 realizó su primera exposición individual en la Galería Viau de Buenos Aires. Sus primeras obras se aproximaban al realismo social, aunque con el tiempo su lenguaje se volvió cada vez más expresivo y libre.
Ese mismo año viajó a Europa y pudo conocer directamente las obras de artistas como Diego Velázquez y Van Gogh, influencias que reaparecerían después en distintos momentos de su producción.
En 1957 obtuvo el primer premio del concurso de la editorial Emecé para ilustrar la segunda parte de Don Quijote de la Mancha. La literatura se transformaría desde entonces en otro territorio de exploración para su dibujo y su pintura.
En 1965 volvió a Europa becado por el gobierno francés y se instaló en París. Desde allí recorrió España y posteriormente Italia. En Florencia trabajó sobre La Divina Comedia, de Dante Alighieri, otro de los grandes proyectos de ilustración que marcaron su trayectoria.
También participó en 1960 de la II Bienal de México y realizó, a lo largo de las décadas siguientes, numerosas muestras individuales y colectivas dentro y fuera de la Argentina.
La violencia sobre los cuerpos, una obsesión en su pintura
Durante los años 60, la obra de Alonso comenzó a registrar de manera cada vez más directa una sociedad atravesada por conflictos y fracturas.
A finales de esa década inició Lección de anatomía, una serie inspirada en Rembrandt en la que avanzó sobre uno de los grandes asuntos de su obra: la violencia ejercida sobre los cuerpos y su relación con el poder.
Esa misma preocupación apareció en sus trabajos sobre El matadero, de Esteban Echeverría. Alonso estableció allí un vínculo inquietante entre el cuerpo humano, la carne y el sacrificio, una asociación que volvería en distintas etapas de su producción.
Con los años, su pintura fue abandonando parcialmente el tono expresionista más marcado de sus primeras décadas y avanzó hacia una figuración más precisa. Pero la realidad política y social argentina nunca desapareció de sus cuadros.
La dictadura, el exilio y la desaparición de Paloma Alonso
La última dictadura transformó de manera irreversible la vida de Carlos Alonso.
El artista debió abandonar la Argentina y marcharse al exilio. Primero vivió en Italia y después en España. En medio de ese destierro recibió el golpe más brutal: en 1977, su hija Paloma Alonso, de 21 años, fue secuestrada por el aparato represivo y permanece desaparecida.
Aquella pérdida modificó profundamente su producción.
El horror que Alonso había explorado en sus trabajos dejó de ser únicamente una observación de la realidad política para convertirse también en una experiencia íntima. El cuerpo, la ausencia, la violencia y la memoria adquirieron desde entonces otra dimensión.
Entre las obras más reconocidas de ese recorrido aparece Manos anónimas, una serie dedicada al terrorismo de Estado y a las formas de la violencia política. Allí volvió sobre escenas en las que los cuerpos y la vida cotidiana quedan sometidos al poder y a la violencia.
La serie terminó convirtiéndose en una de las expresiones más conocidas de su producción vinculada con la dictadura.
El regreso de Carlos Alonso y su vida en Unquillo
Alonso regresó a la Argentina en 1980 y, una vez terminado su exilio, terminó radicándose en Córdoba. En Unquillo instaló su casa y su taller, y las sierras comenzaron a ocupar un lugar cada vez mayor en su pintura.
El paisaje cordobés abrió así una etapa diferente dentro de una obra históricamente asociada a la denuncia social, el cuerpo y la violencia.
En esa localidad participó años después en la creación del Museo de Arte Contemporáneo de Unquillo. Allí realizó también una de sus últimas exposiciones, dedicada precisamente a una faceta menos conocida de su trabajo: su vínculo con el paisaje de Córdoba.
Hasta el final permaneció ligado a la pintura.
Los premios y la obra de Carlos Alonso
La trayectoria de Alonso recibió numerosas distinciones. Al premio obtenido en 1957 por sus ilustraciones del Don Quijote se sumaron el Segundo Premio de Dibujo del Salón Nacional de Córdoba en 1962, la Primera Mención de Dibujo del Premio Braque en 1963 y el Primer Premio de Grabado del Salón Dante Alighieri de Mendoza en 1968.
En 1982 recibió el Premio Konex de Platino y volvió a obtener la misma distinción en 1992.
En 2019, el Museo Nacional de Bellas Artes le dedicó una gran exposición retrospectiva que recorrió su producción y el diálogo permanente que Alonso mantuvo con la tradición pictórica. Sus obras forman parte de las colecciones de esa institución, del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y del Museo Carlos Alonso-Mansión Stoppel de Mendoza, entre otros espacios.