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La Capital llegó a las 50 mil ediciones: un señor número bien redondo

Los periodistas y sus criaturas, los medios de comunicación, padecen una verdadera fascinación por los números redondos cuando se trata de nacimientos, muertes y acontecimientos históricos de cualquier factura, casi siempre medidos en años, lustros, décadas, cincuentenarios, siglos. Esa inclinación irrefrenable por los lapsos e inventarios sin aristas numéricas que giran en torno de personas y acontecimientos, hace que LA CAPITAL advierta a sus lectores que el ejemplar del 27 de octubre corresponde a la edición número 50 mil.

Lunes 27 de Octubre de 2008

Los periodistas y sus criaturas, los medios de comunicación, padecen una verdadera fascinación por los números redondos cuando se trata de nacimientos, muertes y acontecimientos históricos de cualquier factura, casi siempre medidos en años, lustros, décadas, cincuentenarios, siglos. Factura que puede que tenga matriz política, bélica, social, científica, deportiva, artística, catastrófica, delictiva o de todo cuanto pueda tener que ver con el hombre, su entorno y su circunstancia, tanto individual como colectiva. Esa inclinación irrefrenable por los lapsos e inventarios sin aristas numéricas que giran en torno de personas y acontecimientos, hace que La Capital advierta a sus lectores que el ejemplar del 27 de octubre de 2008 corresponde a la edición número 50 mil. Edición obviamente imposible sin las 49.999 que la antecedieron a lo largo de estos casi 141 años de existencia en un país bastante complicado y excesivamente azaroso que siempre se las trajo, se las trae y, sin dudas, se las traerá. Condición que, con escaso margen de error y sin mayor atisbo de exageración, confirma una vez más que los milagros laicos existen.

A lo largo de las hasta ahora primeras (¡qué cómodo es apostar fuerte cuando la fija se basa en datos tan comprobables y contundentes!) 50 mil ediciones del decano de la prensa argentina la ciudad, la región, la provincia, el país y el mundo se han transformado en sostenido progreso y de todo ello siempre ha dado testimonio el diario, cumpliendo con su deber de informar y, cuando correspondiere, de opinar. También ha aportado lo suyo promoviendo valores y acciones, apoyando cuanta iniciativa valiosa, noble y honesta surgiera en el seno de la comunidad, combatiendo sin pausa y sin dobleces cuando el peligro de alguna circunstancia dañina acechaba a individuos o al cuerpo social, incluso desenmascarando la mentira y siempre apoyando cuanta iniciativa pudiera contribuir a la elevación material y espiritual de la sociedad. Como bien lo fue grabando a fuego, a partir del 15 de noviembre de 1867 y con su propio ejemplo, el visionario fundador don Ovidio Lagos siempre lo hizo aportando honesta, decidida y generosamente lo mejor de sí mismo y de su propia gente distribuida en la redacción, administración, servicios y sector gráfico, en el afán de ratificar edición tras edición el derrotero de generosa entrega a los altos intereses de la Nación y al servicio de la comunidad toda, sin distinciones.

Pero si bien a lo largo de estas 50 mil ediciones LA CAPITAL brindó, con acierto y errores, con mayor o menor éxito, lo mejor de sí mismo a la sociedad que lo tiene como uno de sus hijos dilectos, este mismo diario no hubiera sido nada, absolutamente nada, si el pueblo de Rosario, la región, la provincia y hasta del mismo país no lo hubieran hecho suyo, nutriéndolo con su generosa y valiosa savia, preservándolo con su fidelidad y perseverancia en los tempos de dificultades, que los hubo –¡y vaya cuántos, y de qué calibre!– de todo color y matiz. Los medios de comunicación en general, pero mucho más los diarios, que por propia naturaleza tienen un desenvolvimiento mucho más exigido y complicado, no pueden perdurar tanto tiempo alcanzado grandes metas sin el apoyo incondicional de la sociedad a la que se han comprometido servir. Cuando eso no es así se cortan riendas y anclajes, los cimientos se deshacen y las estructuras acaban quebradas estrellando ideales, sueños y propuestas contra la dura superficie de la más descarnada realidad.

¡Cincuenta mil ediciones! Un señor número. Y bien redondo.

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