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La angustiante búsqueda que sigue a la noticia de la tragedia

El martes último, a las 6.20. dos ómnibus que llevaban gendarmes chocaron contra un camión cerca de Puerto Madryn. Doce personas murieron y al menos 48 sufrieron heridas de consideración.

Domingo 01 de Julio de 2012

"Me voy al sur", me escribió el sábado 23 de junio mi sobrino Ramir desde Ezeiza. Ramir es gendarme y trabaja en el Destacamento Móvil 2 de Rosario, pero estaba destinado desde hacía meses allí para patrullar las calles del conurbano bonaerense por decisión del Ministerio de Seguridad de la Nación. Es un chico tímido, de pocas palabras, aunque a veces hace chistes malos. "Cuando recupere las Malvinas te aviso, así me sacás en el diario", me dijo ese día.

El martes, cuando escuché en TN el anticipo sobre un choque con tres gendarmes muertos en el sur, el corazón se me aceleró. Salía a la calle pero decidí quedarme para saber más. También llamé al teléfono móvil de Ramir. No respondió.

Una hora después las noticias que traían los canales de televisión y varias páginas web eran más inquietantes. Se decía que los muertos eran diez y se confirmaba que eran gendarmes. Todavía no se sabía con precisión en qué lugar había ocurrido el accidente ni de dónde eran las víctimas.

Cerca de las 10 me llamó el padre de Ramir. Estaba en su trabajo, en una cooperativa yerbatera de Andresito, en Misiones, a 1300 kilómetros de Rosario y muchos más de la Patagonia. A esa hora los dos habíamos oído que probablemente los gendarmes accidentados fueran de Rosario, pero yo no conseguía confirmarlo. Era información que comenzaba a circular en la web, aunque no provenía de ninguna fuente identificable.

Tranquilicé al padre de Ramir y le dije que consultaría con fuentes de Gendarmería, aunque no conseguí comunicarme con el Destacamento Móvil 2. Los teléfonos estaban ocupados mientras en la televisión se hablaba de más víctimas: ya llegaban a 12, nueve de los cuales se decía que eran gendarmes.

El teléfono de Ramir seguía mudo y, aunque tengo experiencia en el rastreo de información, cerca de las 11 me resultaba difícil pensar con claridad sobre cómo conseguir datos de un accidente que, ahora sí sabía, había ocurrido en una zona de la Patagonia sin cobertura de teléfonos celulares.

Quería tener alguna certeza antes de que mi hermana, la mamá de Ramir, volviera a su casa, a casi tres mil kilómetros de donde habían muerto los gendarmes, y supiera por TN lo que había ocurrido.

Poco después de las once me llamó un antiguo oficial de la Gendarmería al que conocí cuando él ejercía un alto cargo en la fuerza. Se había enterado de que yo buscaba información y quería colaborar. "Lo que puedo decirte es que a los familiares de los muertos ya se lo comunicaron. Si nadie llamó a tu familia es porque tu sobrino está vivo", dijo.

Cerca de las 12 me fui al Destacamento Móvil 2, donde me encontré con la esposa de mi sobrino. "Tengan paciencia. Ni bien sepamos algo les vamos a informar", nos dijo una gendarme que parecía incluso más angustiada que nosotros. Al lado, en una pequeña oficina colmada de uniformados, había una lista con los nombres de siete gendarmes muertos. El nombre de Ramir no figuraba, pero no lo supe por los gendarmes sino por Fernando Asegurado, el secretario de Gobierno de la Municipalidad de Rosario, que estaba allí por otras razones y acababa de leerla. "Quedáte tranquilo, tu sobrino no está en esa lista", me consoló el funcionario.

A esa hora entró un mensaje en mi teléfono. Era un pedido desesperado. "Por favor decime que Ramir está bien", decía. Era mi hermana, que ya se había enterado. No sabía bien qué responder y entonces escribí: "Estoy averiguando, cuando sepa algo te aviso".

Le dije a la esposa de Ramir que regresaba a casa para continuar la búsqueda de datos. Allí vi, de a retazos, el discurso de la presidenta de la Nación. No me importó tanto la utilización política que hizo Cristina de una tragedia sobre la que todavía no sabíamos casi nada sino los siete nombres que leyó: eran los muertos confirmados y allí tampoco figuraba mi sobrino.

A media tarde todavía no sabía nada sobre Ramir, excepto que no había muerto. "Tengan paciencia", nos repetían en el Destacamento Móvil 2. Nadie había organizado la gestión de la información sobre las víctimas del accidente y los teléfonos del hospital lsola, en Puerto Madryn, donde ahora sabía que estaban los "29 heridos graves, algunos críticos", daban ocupado. Entonces decidí buscar por otro lado.

Contacté vía Twitter a Alejandro Rost (@alerost), un periodista y docente universitario con amplios contactos en redes sociales y medios de comunicación del país, y le pedí el nombre de algún colega en Madryn. Casi al mismo tiempo publiqué esta entrada en mi cuenta de Twitter: "A casi 10 horas del accidente en Chubut aún no hay información sobre los heridos. Los familiares necesitamos saber". Mi colega y amiga Cecilia Amadeo (@ceciliaamadeo) lo leyó en Mendoza y enseguida lo replicó en su cuenta. Diez minutos después ya estaba comunicado por esa red social con un contacto común a Rost y Amadeo. Y un rato después con otro, y más tarde con varios más.

Fue Tamara Sander (@tama_sander) quien me dio el primer dato certero sobre la situación de Ramir. Sander es periodista, trabaja en el diario Jornada y había estado informando todo el día a través de la web del diario y de las redes sociales sobre el accidente. Después de que le hablé vía Twitter, llamó a sus contactos y enseguida me escribió un mail. Decía que mi sobrino estaba internado en un sanatorio, "aparentemente fuera de peligro", y me daba los números de teléfono a los que podía llamar para pedir información. No era mucho, pero era mucho más de lo que había podido averiguar por canales oficiales hasta ese momento.

Eran las 16.06 y habían pasado casi 10 horas desde el choque. En los teléfonos de la Gendarmería nos seguían pidiendo "paciencia" y con el sanatorio Ciudad, de Madryn, no había forma de comunicarse.

Cerca de las 18 sonó el teléfono móvil de mi hermana en Andresito, un pueblo rodeado de monte y plantaciones de yerba en la frontera con Brasil. Cuando vio la pantalla ella se sobresaltó. El teléfono que llamaba era el de Ramir, aunque no hablaba él sino una desconocida. "Trabajo en el sanatorio. Encontré el celular y en la agenda encontré «mamá». Su hijo está vivo. Cuando venga a verlo el médico vuelvo a llamarla para que le cuente cómo está", dijo la voz sin nombre desde Puerto Madryn. Mi hermana respiró. Al fin empezábamos a tener algo.

Todavía tendrían que pasar muchas horas hasta que un médico finalmente nos diera un parte. Ramir había sufrido un traumatismo de cráneo severo, estaba en terapia intensiva, en observación y con una evolución favorable, pero había que esperar. Permanecía inconsciente y así siguió hasta el jueves 28 a la mañana. Cuando despertó, el médico tuvo que explicarle que había estado en un grave accidente, aunque no le dio detalles.

El pidió su teléfono y escribió un mensaje, que entró en el mío a las 9:48. Decía: "Estoy internado en Puerto Madryn, avisale a Tati por favor". Unas horas después, cuando sus padres y Tati, su mujer, ya habían hablado con él, también yo quise llamarlo: "Recuperé Malvinas, me vas a tener que sacar en el diario", bromeó todavía aturdido. Cuando cortamos pude, al fin, respirar aliviado.

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