José Pablo Feinmann habla sin parar. Inquieto y didáctico, no deja de abrir frentes a la constante ebullición de su pensamiento. Novelista y ensayista, su obra oscila entre la densidad reflexiva de “Filosofía y nación” y el seco policial negro de “Últimos días de la víctima”. Como narrador, sus preocupaciones distan de ser formales. Por el contrario, carece de prejuicios para usar a la novela como vehículo de ideas: así lo hizo en “Las astucias de la razón” y en su último libro, “Timote”, donde narra uno de los hechos políticos más trágicos del siglo pasado en la Argentina: el asesinato del general Aramburu a manos de los Montoneros.
—¿Por qué fracasó la violencia revolucionaria en el país?
—Porque tenía un poder de fuego mucho menor que el del Ejército. Las organizaciones armadas nunca se preguntaron cuál era el poder de fuego de los militares. Tiempo atrás un periodista le preguntó a Luis Mattini, líder del ERP: “¿Ustedes pensaban vencer al Ejército?”. Y la respuesta fue “sí, por supuesto. Allí estaban la Revolución Cubana y el Che Guevara como ejemplo. Los vietnamitas estaban derrotando a los norteamericanos...”. Pero todas esas eran situaciones distintas.
—¿En qué?
—La Revolución Cubana es un mito poderoso. Se cree que es la historia de una docena de guerrilleros que derrocaron a un régimen fuerte, con un ejército fuerte. Pero en realidad derrocaron a un ex sargento muy mal mirado por los Estados Unidos, que tenía un ejército corrupto. Y sin moral, digamos, como para dar una pelea a fondo. Además, Castro fue muy hábil y logró nuclear al campesinado.
—Pero la evaluación que usted hace es militar, de aparato contra aparato. En esa ecuación el pueblo queda afuera...
—Y claro que queda afuera. A partir de Ezeiza, el pueblo quedó afuera. Hay un gran error de la guerrilla argentina, sobre todo de Montoneros, ya que el ERP nunca contó con el pueblo peronista. Ellos creyeron que el pueblo era combativo e iba a acompañar a la revolución: “Las casas peronistas son fortines montoneros”, decían. Pero el pueblo peronista es hijo del estado de bienestar, está acostumbrado a la protección estatal y no a la lucha. La única excepción es el período de la Resistencia. La guerrilla, después de su distanciamiento con Perón, se aisló de las masas. Aparte, cuando la gente vio la violencia que se desató a partir de Ezeiza y después del asesinato de Rucci, se produjo un notorio reflujo de las masas. Y son pocos los montoneros que lo vieron.
—Y la dictadura, ¿tuvo consenso mayoritario?
—Recordemos que los Montoneros, en el 75, buscaban la dictadura. Ellos hacían la evaluación de que el gobierno de Isabel era un “colchón” entre ellos y las masas. Creían que con un gobierno militar iba a quedar claro que los verdaderos antagonistas eran los Montoneros y el Ejército, y las masas iban a tomar partido por los Montoneros. Otro elemento desencadenante del golpe es la toma de Monte Chingolo por el ERP. Santucho dijo, orgulloso, que era la operación guerrillera más grande desde la toma del Moncada, en Cuba. Pero tres meses después, el mismo Santucho admitió: “Nos equivocamos mucho. No valoramos bien el poder del Ejército ni seguimos el reflujo de las masas”. Una autocrítica genuina pero tardía. Lo que tendría que haber hecho la guerrilla es dejar las armas después del 11 de marzo de 1973. Y en ese momento lo hicieron, pero después se produjo el asesinato de Rucci.
—¿Fue tan decisivo?
—Claro. Me acuerdo cuando ocurrió, que un conocido entró diciendo “fuimos nosotros”. Y le contesté: “Yo no fui”. No me gustaba Rucci, era un macartista y las cosas que decía de Tosco eran terribles, pero yo no hubiera matado a nadie.
—¿Y Perón?
—Pensemos en López Rega. El le delega todo el poder a Isabel y sabía bien que ella equivalía a López Rega. Ya no puede haber dudas: la Triple A se le atribuye a López Rega, pero Perón no podía ignorar lo que pasaba.
—¿Se puede hacer política o construir una revolución desde el asesinato?
—Por principio, yo estoy contra la violencia. Estoy contra el hecho de matar. Estoy de acuerdo con el planteo de “Los justos”, la obra de teatro de Camus. Y en mi novela, uno de los personajes le dice al otro: “No hablés mucho con Aramburu, porque después te va a ser difícil matarlo. Vos no vas a matar a un hombre, vos tenés que matar a una idea”. El asesinato político necesita olvidar que se mata a un ser humano. Yo no creo en el crimen como herramienta revolucionaria. Creo en la organización de las masas. Sin embargo, eso es muy difícil de hacer, ya que ese trabajo en la actualidad lo hacen los medios. Hoy llega mucho más al pueblo Susana Giménez que cualquier ideólogo.
—¿Cómo se resuelve la inseguridad en la Argentina?
—La inseguridad es el fruto de los que se robaron el país: no está provocada por los pobres, los pobres han sido arrojados a la delincuencia. La delincuencia es la nueva clase obrera. Como no hay trabajo y muchas empresas fueron vaciadas, hay mucha gente que ha sido marginada. Esa gente se ha llenado de odio, y odia al incluido. “Te odio a vos porque estás incluido. Y si mi vida no vale nada, ¿por qué va a valer la tuya? Entonces te mato”. Ese es el delincuente, el que antes tenía trabajo. Pero con un salario que valía la pena. También hay que entrenar a la policía, alejarla del gatillo fácil: se le debe recordar que siempre le apunta a un ser humano. Las cárceles deben servir para la reconstrucción de las personas, destruidas justamente por nuestra sociedad, que abandonó el trabajo por la especulación. En esta sociedad se hace el dinero con el dinero, no con la producción: cuando había producción, había consumo. Nuestra sociedad cada vez excluye más, cada vez se achica más. Y entonces, la delincuencia crece.
































