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El viaje iniciático de los chicos que salen de vacaciones sin sus padres

Bajan de los micros, a borbotones. Cargados como Ekeko, el dios de la abundancia, llegan a Gesell con sobredosis de entusiasmo. Son pibes de 16 a 20 años que se ilusionan con su viaje iniciático, lejos del control paterno.

Sábado 12 de Enero de 2008

Bajan de los micros, a borbotones. Cargados como Ekeko, el dios de la abundancia, llegan a Gesell con sobredosis de entusiasmo. Son pibes de 16 a 20 años que se ilusionan con su viaje iniciático, lejos del control paterno.
  Adolescentes, de casi todo el país, llegan de a miles, y las plazas para alojarlos, en pleno enero, son pocas y caras. La modalidad de reserva previa, electrónica o telefónica, a la hora de confirmarla in situ puede llevar a sorpresas.
  Como les pasó a una banda de siete rosarinos llegados a la Villa el 4 enero: “Alquilamos para los siete (todos de 18 años) desde Rosario, anticipamos una seña de 350 pesos, pero cuando llegamos había cuatro camas y ni un lugar más dónde meter nada”, contó Juan Montenegro.
  Los rosarinos, todos amigos del Normal 1 y primerizos en esto de vacacionar sin papá ni mamá, dijeron no, gracias, y emprendieron una nueva búsqueda. Salieron a trajinar por las calles de arena, desde ya, con 350 pesos menos en el bolsillo.
  Recalaron en una ex vivienda que ofrece apenas dos ambientes, cocina y baño en unos cuarenta metros cuadrados. En la puerta todavía sobrevive una placa que fue dorada y que aún anuncia un nombre propio subrayado por la leyenda “Abogado”. La ex vivienda, luego estudio, estaba deshabitada desde hacía 10 años, según se enteraron después los pibes, una vez que habían cerrado trato, y abonado tres mil pesos por 12 días de estadía.
  El departamento de la avenida 6 y paseo 107 exhibe deterioro en pisos, paredes, ventanas y siete lechos andrajosos, que a pesar de los pesares, repara, apenas, el sueño de los pibes. Guido, un chico rosarino del grupo muy esmerado por la estética personal, llegó a Gesell con una prenda que nunca pudo usar. “Me traje la bata blanca, de salida del baño. Ahí quedó la bata, te imaginás, un baño para siete y todo amontonado, no estoy para la bata”, explicó.
  Los chicos de Rosario, contra viento y marea, de todos modos, le ponen buena cara a Gesell. “Acá la noche está muy buena, podés salir todos los días”, detectaron y tratan de llevarlo a la práctica.
  Otro grupo de chicos menores de 20, del barrio de Lugano de la Capital Federal, llegaron a Gesell a pasar sólo cinco días. Son cuatro, de entre 19 y 20 años, y eligieron instalarse en el tradicional Camping Caravan de Gesell, abierto ininterrumpidamente desde hace 35 años en la zona del pinar.

Códigos. “Venimos acá porque hay códigos, la gente te presta lo que necesites, es un clima solidario el del camping”, contó Manuel Barrera, que trabaja en atención telefónica y goza con sus amigos de sus segundas vacaciones sin adultos.
  “Venimos al camping porque acá aprendés a resolver las comidas, manejar los espacios, la relación entre nosotros y la solidaridad con los vecinos. Está bueno, estamos en medio de una naturaleza espectacular”, contó Martín Zarzuela, que logró unos días de vacaciones en su trabajo como cajero del Easy.
  Porteños y rosarinos coinciden en la adoración por las salidas nocturnas de Gesell. “En cinco días dormí 11 horas”, contó uno de los porteños de Lugano, que pagan 100 pesos por jornada por un ocupar un predio donde instalaron dos carpas y gozan de los servicios completos del camping. Los rosarinos, en cambio, dijeron “no nos sentimos preparados para ir a un camping, se requiere un conocimiento y elementos que no tenemos”.
  Para los chicos primerizos, en plena temporada, en Gesell, se tienden algunas trampas y varios abusos. Por lo general, los que se ingenian para emprender el desafío del campamento organizado, y el clima los acompaña, conectan con otra lógica de las vacaciones, crecen, aprenden, y aunque tengan que cargarse como Ekeko, evitan el zarpazo abusivo. l

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