Tshinvalli.— El cadáver de una de las hermanas tenía la cabeza prácticamente
arrancada cuando fue trasladado de vuelta a Tshinvalli, la capital de la región separatista de
Osetia del Sur que fue escenario de combates durante cuatro días, en un intento de las tropas
georgianas por recuperarla.
Svetlana Kogoyeva se agarraba a la puerta de la morgue, tras ser advertida por
el personal de que se disponían a descubrir los cuerpos de Diana Koshmakogova, de 61 años, y Zaria
Grigoryevno, de 63, metidos en un ataúd.
"No tiene cabeza", gimió Kogoyeva. "¿Cómo se ha llegado a este punto? No son
personas: matan y luego van a la iglesia", lamentaba, con la voz entrecortada por la rabia y las
lágrimas. "Era médica, trabajamos 11 años juntas en el mismo hospital. Viajamos por todo el mundo
juntas, por toda Europa. Es un genocidio", susurró.
La polvorienta Tshinvalli, reducida a escombros, tiene un aire de abandono. Sus
ciudadanos se dejaron ver por primera vez el lunes, tras cuatro días escondidos en sótanos.
Aparecían junto a combatientes surosetas desorientados, que con sus rifles automáticos tenían la
mirada fija en dos tanques calcinados cerca de la destruida universidad.
Ruinas y francotiradores. En el barrio judío, donde se produjeron los combates
más intensos, las chapas de los autos olían a recién quemado, y en dos casas se apreciaban los
estragos de las bombas.
El martes, tras el fin de la lucha con el acuerdo de cese del fuego, el ejército
ruso comenzó a llevar a la capital suroseta a muertos y heridos a través del túnel de Roki, el
único corredor desde la región hacia Rusia. A lo largo de los 150 kilómetros de carretera las casas
estaban calcinadas o ardían en llamas, y todavía se escuchaba el fuego aislado de
francotiradores.
Mientras, en el hospital de Vladikavkas, en la parte rusa de la frontera, al
lado de la cama de su primo herido en combate, Irina Shovlukova gritaba: "¡El nunca luchó! Todos
los muertos amaban la paz. Todos dormían".
"Volveré a casa". Shovlukova hundió su cara en la espalda de su hija mientras
contaba cómo se escondió con sus familiares durante cuatro días en su sótano, esperando a que
acabaran las bombas. "Ocho adultos y cuatro niños enlatados, no había sitio. No podíamos salir al
baño, pero de todos modos no había agua", recordó.
Su tía Zaira Sabanova siguió cuando ella se quedó sin palabras. "Había cadáveres
por las calles. No podíamos enterrarlos porque los francotiradores disparaban contra las tumbas",
dijo.
Las cifras de fallecidos oscilan entre los 200 y los 2.000 civiles, y otras
25.000 personas huyeron de Osetia del Sur a Rusia. A Armenia entraron 2.000 más. "Llevan 18 años
matándonos. ¿Cuánto más se puede perdonar? Somos una nación pequeña", dijo Shovlukova. "Pero
volveré a casa", aseguró.
Alissa de Carbonnel
DPA