El viejo truco se repite una vez más, ahora en Venezuela. La izquierda radical llega al poder con piel de cordero demócrata y luego se muestra como es, una dictadura de Estado policial. Lo hizo en Rusia en 1917: la verdadera revolución democrática fue la de febrero, pluralista, en la que los bolcheviques de Lenin eran una minoría, pero en octubre dieron un golpe que después se llamó revolución en la historia oficial soviética. En 1959 y años anteriores, Fidel se caracterizaba como un demócrata, casi un liberal progresista y socialcristiano. Así lo hizo en entrevistas a la prensa estadounidense. A partir de 1960, apenas tomó el poder, viró hacia el comunismo ortodoxo y exterminó a los componentes democráticos de la revolución, que murieron asesinados, debieron escapar al exilio o pudrirse en la cárcel. Veinte años después, la revolución sandinista hizo lo mismo: los sectores de izquierda dura coparon el nuevo gobierno y expulsaron a los demócratas. La caída de la URSS permitió un retorno temporal de la democracia, hasta que Daniel Ortega se hizo del poder vitalicio.


























