Hace apenas un año, no eran pocos los que creían que el Tea Party se trataba de
una aventura extravagante que no iba a llegar a nada. El martes pasado, en las elecciones
legislativas, cuando varios de sus principales candidatos —Rand Paul, Marco Rubio, Dan Coats
y Jim DeMint— lograron ganarse un lugar en el Congreso, quedó expuesto que el movimiento
ultraconservador tiene un indudable apoyo popular y un poderoso background.
Los orígenes del Tea Party habría que rastrearlos durante el último gobierno de
George W. Bush, cuando varias organizaciones ultraderechistas decidieron que el Partido Republicano
se había vuelto demasiado moderado. Sin embargo, la fecha oficial de nacimiento se registra el 19
de febrero de 2009, cuando un periodista especializado en economía de la cadena CNBC, Rick
Santelli, llamó a organizar una protesta en Chicago contra las políticas fiscales de la
administración de Obama. Santelli aseguró que los beneficiarios de estas políticas compraban casas
con los créditos hipotecarios subsidiados por el Estado y que abusaban del sistema sin sufrir la
menor sanción, en detrimento de los ciudadanos honestos que pagaban sus impuestos y cubrían a
tiempo sus deudas hipotecarias.
Las críticas tuvieron su rebote y las pequeñas protestas empezaron a extenderse.
Ya en abril de 2009 los simpatizantes del movimiento salieron a las calles de 750 ciudades
estadounidenses. La idea central era revivir el espíritu de una protesta que organizaron los
revolucionarios estadounidenses en 1773, cuando se rebelaron contra los impuestos establecidos por
la corona británica a la exportación de té destinado a las colonias de Norteamérica. Ese motín,
llamado irónicamente la "Fiesta del té", consistió en tirar al agua en el puerto de Boston las
bolsas de té robadas por los rebeldes a los barcos británicos.
Para el Tea Party, el gobierno de Obama —con su millonario plan de
estímulo a la economía y su aumento del déficit— es una suerte de reencarnación moderna de
aquella monarquía abusiva y derrochadora. La idea y el espíritu del Tea Party fue captado
hábilmente por los militantes más conservadores del Partido Republicano, que decidieron utilizar la
etiqueta del incipiente movimiento para manifestar su ira contra el establishment de
Washington.
Mitos y verdades. A pesar de que el crecimiento del Tea Party parece
vertiginoso, lo cierto es que se cimentó en una base conservadora que nunca dejó de estar ahí, más
allá del triunfo de los demócratas en 2008. Las encuestas extendidas que se realizaron aquel año y
también después indicaban que los estadounidenses que se identificaban como conservadores eran el
doble que los que se decían liberales (término que en EEUU equivale a progresista). Este es un dato
que el partido de Obama parece haber pasado por alto durante sus dos años en el gobierno. Si bien
el Tea Party se jacta de su base “ciudadana”, el agrupamiento de sus militantes
distaría de ser espontáneo. La influyente organización FreedomWorks, fundada por el republicano
Dick Armey, ex líder de la mayoría de la Cámara de Representantes, contribuyó en gran parte a la
explosión del movimiento. Según aseguró el Washington Post, FreedomWorks está ligada a empresas de
tinte conservador, como Philip Morris o Met Life.
Una encuesta del New York Times sobre los simpatizantes del Tea Party afirmaba
que se trataba de republicanos, blancos, hombres y de mediana edad. También revelaba que su
educación es superior a la media, no tienen dificultades económicas y son profundamente pesimistas
sobre la dirección del país.
El movimiento, en principio muy descentralizado y privado de grandes figuras
políticas, fue ganando espacio y credibilidad con la llegada de personalidades conservadoras como
Sarah Palin —la controvertida ex compañera de fórmula del candidato republicano a la
presidencia, John McCain—, así como la de Jim DeMint, senador también republicano por
Carolina del Sur. En agosto pasado, el Tea Party terminó por ganarse el reconocimiento político
cuando se impuso en las elecciones internas del Partido Republicano en seis Estados. Para entonces,
su mensaje de “menos Estado, menos impuestos” fue tomando cuerpo con más críticas a las
iniciativas de Obama. Los puntos favoritos eran el costoso plan de rescate de los bancos, el
programa de reactivación económica por 787 mil millones de dólares, los gastos inducidos por la
reforma del sistema de salud y el alza de impuestos prevista para los más ricos.
El ala más extremista del movimiento defiende la privatización de la ayuda al
desempleo, el abandono del plan de reactivación aprobado por el Congreso y el cierre de los
departamentos de Educación y de Energía.
La lección del 94. Después de la victoria del martes pasado, uno de los mayores enigmas de la
política norteamericana es qué pasará con los Tea Party que llegaron al poder: cómo tratarán de
imponer sus proyectos, cómo influirán en la agenda de los republicanos más moderados y cómo será su
relación con sus archienemigos demócratas. Porque desde las alturas de Washington muchas cosas
pueden verse distintas.
En todo caso, los militantes del Tea Party deberían recordar la lección de 1994: entonces,
durante el gobierno de Bill Clinton, el Partido Republicano recuperó el control del Congreso
después de 40 años de la mano de Newt Gingrich, toda una estrella del ala ultraconservadora. Sin
embargo, las medidas extremas y anti-estatales que llevó adelante Gingrich terminaron generando un
efecto rebote, y Clinton luego ganó sin problemas la reelección en 1996.