Julieta Bernabé

Una historia de dos orillas en defensa de los humedales

Julieta Bernabé es docente, nieta del fundador de la escuela de El Espinillo e integra la Multisectorial Humedales.

Sábado 19 de Diciembre de 2020

El primer recuerdo que Julieta Bernabé tiene de la isla son los relatos orales de su abuela María Dolores. La imagen que se le viene a la mente es su abuela sentada en la cocina contándole cómo había sido su vida en la isla El Espinillo, donde al igual que su marido Pedro Miguel Romano Ahumada, fue docente y directora de la escuela Marcos Sastre. “Para mi abuela —dice Julieta— su vida en la isla era básicamente la escuela, su casa y su familia. Ella hablaba con mucho orgullo de sus alumnos, de lo que aprendían y de los juegos. Contaba todo con mucha alegría, eso me llegó y de chica yo decía que quería ser maestra de la isla como mi abuela”. Julieta está sentada en un banquito de la Rambla Catalunya y mira hacia las islas. A sus espaldas, el río y el puente Rosario - Victoria, esa traza que este año fue escenario de innumerables protestas en contra de la quemas. Julieta es docente desde hace 15 años y además integra la Multisectorial Humedales. Desde esa doble pertenencia —y desde su historia familiar que la enlaza a las islas— propone profundizar la reflexión sobre la educación ambiental, tanto en las escuelas como a nivel social. E invita a pensar en la puesta en práctica de una soberanía popular, que entre otras cosas “implica educación, debate y consensos colectivos”.

Julieta llega a la nota con La Capital en bicicleta. El día está nublado y pronto caerán algunas gotas. Pero se puede arrancar. Se sienta en una de las mesitas de colores cerca de la costa y saca de su bolso una carpeta de tapas rojas. En su interior hay fotocopias que resumen la historia de la Escuela Marcos Sastre, esa que fundó su abuelo en El Espinillo, una isla ubicada frente a Rosario. “En ese lugar no había escuela y había un analfabetismo muy grande. Entonces pidió autorización para fundar la escuela. En el año 38, mediante el apoyo de la provincia de Santa Fe y donaciones que hicieron particulares, se pudo levantar el primer salón y de esa manera empezó a funcionar la escuela, con alrededor de 30 alumnos”, resume Julieta. El relato forma parte de sus memorias de chica y mientras habla recorre las fotos y recortes de la carpeta. En una de las imágenes se ve a su abuelo llevando en bote a los chicos y chicas con sus guardapolvos blancos. “En un primer momento —dice— mi abuelo los iba a buscar en canoa porque no había una costumbre de ir a la escuela en esos lugares. Y así se empezó a formar la escuela”. En el año 42 se anexó un comedor y en el 47 se hizo una ampliación en la escuela. Ese año su abuelo se casó María Dolores Clerch, quien también era docente. Vivían y daban clases en la isla. En 1963 el maestro Romano —como le decían a su abuelo— se jubiló y María Dolores quedó a cargo de la escuela hasta 1975. Cuando habla de esa historia, a Julieta se le dibuja una sonrisa: “Trabajando en ese lugar fueron felices, mi abuela me llenaba de anécdotas de lo que era la isla. Y creo que fue una labor importante el hecho de llevar todo el sistema educativo a un lugar donde no lo había antes”.

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Una carpeta, mil historias

Un maestro catamarqueño y una maestra nacida en Azul (provincia de Buenos Aires) que vivieron y educaron en la isla. La historia no solo se atesora en esos viejos recortes de diarios y fotos en blanco y negro. Es también un relato familiar. Norma —tía de Julieta— manda un audio, donde lee una noticia y agrega comentarios: “Un día llegó a la zona de islas un maestro y se interesó por la precaria situación de sus pobladores y por el analfabetismo de los niños en edad escolar. Golpeó puertas, aguantó esperas, bregó y obtuvo la creación de una escuela en la isla El Espinillo, frente a la planta de aguas corrientes de esta ciudad. Había alumnos, más no local para instalar escuela. Con ayuda y colaboración de entidades y personas acercó tirantes, maderos y con una techumbre de paja habilitó la escuela. En un bote condujo a los primeros alumnos a la única aula que comenzó a funcionar un día de mayo de 1938. (...) Fue maestro, director, constructor, albañil y canoero de su propia escuela”.

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Las anécdotas surgen una tras otra de esos primeros años de la escuela, que además de su función pedagógica también cumplía un importante rol social, con chicos que cuando se lastimaban iban a que la maestra le haga los primeros auxilios. O cuando de tarde el espacio era una especie de plaza donde chicos y chicas de la isla iban a jugar. También el coro de niños y las obras de teatro a las que asistían habitantes de la zona. Pero la inundaciones se llevaron muchas fotos y documentos de aquella época. Por eso Julieta y su familia, junto a las actuales autoridades de la Escuela Marcos Sastre y el Ministerio de Educación provincial, se encuentran abocados en rearmar el rompecabezas de esa historia. La escuela —que en agosto recibió a los concejales rosarinos en una sesión especial en apoyo a la sanción de una ley de humedales — pertenece a la jurisdicción educativa de Santa Fe.

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El año de la quema

A mediados de año la docente se sumo a la Multisectorial Humedales, un colectivo que a lo largo de un 2020 atravesado por la pandemia, organizó distintas actividades para concientizar sobre el ecocidio que se cometió con las quemas indiscriminadas en los humedales del Delta del Paraná.

—¿Cómo empezó tu vínculo con la temática de los humedales?

—Empecé a interiorizarme en lo que eran los humedales y las quemas en el año 2018. Creé una petición y llegué a juntar 94 mil firmas pidiendo el cese de las quemas, la penalización de los culpables y apoyando la denuncia del municipio de Rosario. Este año, en febrero, empezaron nuevamente los incendios y sentí que las firmas no eran suficientes, que no se estaba logrando un avance. Así que tratando de buscar información y ver qué camino seguir, terminé en el Concejo. Fue algo sorpresivo, porque pensé que iba a ser algo chiquito y había un montón de concejales y gente escuchando. Ahí planteé que la denuncia de la Municipalidad no abarcaba ni el ámbito de salud, ni el ámbito ambiental. Eso fue una semana antes del cierre por la pandemia. Se pensó en hacer algún tipo de encuesta o relevamiento en cuanto a cómo los ciudadanos estábamos siendo afectados desde la salud. Pero quedó un poco trunco por la pandemia. En junio arrancamos con el relevamiento en compañía de una amiga antropóloga, un tío que es médico alergista y la abogada de una ONG. En 15 días juntamos casi 900 testimonios, entre ellos el caso de una persona que había fallecido a raíz del humo por una crisis asmática. No es el primer testimonio de una muerte que tenemos y más de 50 alteraciones de la salud debido al humo. Pero los incendios siguieron y en junio empezaron los cortes de la Multisectorial.

—Desde ese espacio realizaron un intenso trabajo de pedagogía ambiental social. ¿Cómo fue ese camino?

—Se lograron un montón de cosas. Si bien desgraciadamente la ley de humedales no está avanzando en la Cámara de Diputados, hemos logrado mucho en cuanto a la concientización en la sociedad. En la búsqueda de respuestas de los temas ambientales hay dos ejes principales: primero, pensar la naturaleza de un modo distinto, sentirnos integrados a ella, porque dependemos y vivimos a través de ella. En la medida que sintamos que lo que hay ahí enfrente es una isla que no tiene nada que ver con nosotros no vamos a poder salvar nada y nos van a empezar a pasar cosas, como nos pasó el humo, la contaminación y los problemas de salud. El agua del río está siendo altamente contaminada, al igual que el suelo y los alimentos. Tenemos que pensar que dependemos y somos parte de ese sistema. Y hay que cuidarlo, aunque a veces sintamos que vivimos en una ciudad y que no lo tenemos al lado. Y segundo, es importantísimo pensar la democracia como algo diferente, que no es solo ir a votar cada cuatro años. Tenemos que participar porque sino el sistema nos lleva puestos.

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“No al ecocidio”, fue una de las consignas de la Multisectorial en una de las actividades sobre el puente a Victoria.

“No al ecocidio”, fue una de las consignas de la Multisectorial en una de las actividades sobre el puente a Victoria.

—¿En la docencia este año pudiste llevar adelante acciones de educación ambiental?

—Soy docente de la Escuela María Bicecci desde hace más de diez años. Es un lugar en el cual me encanta estar y ahí trabajo tanto en la secundaria como en la Eempa. También en la Eempa Nº 1.175 que funciona en el edificio de la Escuela Carrasco y hago reemplazos en otros colegios. Con los alumnos de la Eempa trabajamos de manera interdisciplinar entre varias asignaturas el tema del cuidado y la importancia de los humedales. Fue un trabajo que estuvo muy bueno, los chicos y jóvenes se engancharon mucho. Y en la escuela Bicecci desde el año pasado estamos trabajando la educación ambiental, en talleres con los chicos. La idea es continuar y que esto sea el comienzo de algo mucho más grande.

—¿Habría que profundizar la educación ambiental en las escuelas?

—Creo que el tema ambiental y la participación en eso tiene que ser encarado de una manera mucho más a conciencia en las escuelas. Que los chicos entiendan la importancia de esto, porque si a nosotros nos tiene a maltraer el tema, si no lo solucionamos en años venideros va a ser insostenible. Los chicos son muy permeables, abiertos y enseguida entienden la importancia de la naturaleza mucho más rápido que un adulto. Así que sí, tanto en las escuelas como a nivel social creo que es muy importante enfatizar el tema.

Soberanía popular

Al día siguiente de la nota Julieta se queda pensando y envía un audio con algunas reflexiones sobre el vínculo entre la defensa del humedal y la educación. “Al humedal lo mata un modelo productivo brutal del que el fuego es solo una de sus consecuencias. Es la más visible, pero lejos está de ser la única. Estamos parados frente a un colapso ecológico inminente que nos atraviesa desde lo climático, lo biológico, lo social, lo económico, lo cultural y lo sanitario. Un colapso producto de un modo de vivir y de entender nuestra relación con el mundo terriblemente equivocado. Que implica modos de consumo y de producción insostenibles”, arranca el audio. ¿Es posible modificar esta situación?, ¿qué elementos del juego deben cambiar para que así sea?, ¿qué papel juega la educación en todo esto? Se hace las preguntas en voz alta y ese es el disparador para hablar de “dirigentes que no están a la altura de las circunstancias”, de un sistema político “atravesado por la corrupción y copado por los mismos intereses que debería combatir”, donde varios imputados por las quemas en zona de islas “son personas vinculadas íntimamente al poder político y al sector empresario o agroganadero”. Por eso entiende que el poder de cambio recae en la ciudadanía y en la necesidad “de elaborar una nueva concepción de la naturaleza y la democracia”. Un cambio profundo que supone la puesta en práctica del concepto de soberanía popular, “que implica educación, debate y consensos colectivos, para elaborar y exigir soluciones”. “No hay soberanía popular sin la participación activa de la ciudadanía”, dice Julieta. Educación, concientización, compromiso, participación, debate y entender quién vela por quién en este país. Palabras que menciona y propone pensarlas para avanzar en una participación activa. Educación ambiental para aprender, enseñar y participar.

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