Educación

La niñez y una celebración con sabor amargo

Un cuento para reflexionar, a 30 años de la Convención de los Derechos de las Niñas y los Niños.

Sábado 16 de Noviembre de 2019

El 20 de noviembre se conmemora el 30º aniversario de la Convención de los Derechos de las Niñas y los Niños. Sin dudas este acontecimiento es una celebración, a pesar de que aún existen deudas con esa infancia desolada que pide a gritos atención, cuidado y amor.

Estamos en deuda con la infancia que habita el desamparo de las calles, que padece la pobreza y la desigualdad social; con la infancia que está en riesgo a pesar de que algunos quieran convencernos de que es peligrosa; con las niñas que son obligadas a ser madres cuando, en realidad, son víctimas del abuso sexual infantil.

En honor a este aniversario, comparto un cuento deseando que todas las personas adultas y los gobiernos respeten los derechos de las niñas y los niños a rajatabla. Deseando que cuidemos su tiempo de infancia.

>> Los niños también lloran (*)

Franco anda muy apenado, extraña mucho a su abuela. Su mamá dice que se fue de viaje al cielo, que está cerca de las estrellas.

Franco no termina de entender lo que su mamá le explica. Pero sí entiende que debe haberse ido lo suficientemente lejos, porque desde hace meses no la ha vuelto a ver. Le pide a su mamá que le cocine papas fritas y buñuelos, porque esos aromas le recuerdan a su abuela. Escucha, una y otra vez, los últimos audios de WhatsApp que habían compartido. Franco tiene miedo de olvidarse de su voz, sabe que todo lo demás es inolvidable.

Franco está triste. Pero, además, tiene otro problema. Porque desde que era muy chiquito, más chiquito de lo que es ahora, le enseñaron que los niños no lloran. Por eso, se anda tragando todas las lágrimas. Y las lágrimas que se meten en la panza y no salen por los ojos solo traen más dolores, más problemas. Dolor de garganta, dolor de panza, mucha bronca, un montón de rabia.

Por ese motivo, algunas personas creen que Franco está enojado. No saben que, en realidad, está triste. Claro, la gente que no lo conoce demasiado tiene un poco de razón. Porque anda pateando todo lo que encuentra a su paso, se pelea con sus amigos, tira los juguetes, se niega a hacer la tarea y frunce el ceño cada vez que alguien le dirige la palabra.

Pero un día algo comienza a cambiar en la vida de Franco, aunque su abuela siga estando lejos. Franco empieza a vivir unos días de clases diferentes, distintos a los otros días en los que solo se aprenden números y letras.

La seño comienza a explicar un tema nuevo. Toma la tiza y escribe en el pizarrón "La Convención de los Derechos de las Niñas y los Niños". Parece complicado de entender. Por eso la seño necesita varias clases para explicar de qué se trata este asunto.

Les cuenta que en 1989 muchos países se pusieron de acuerdo para pensar cómo cuidar a las infancias. Entonces escribieron esos derechos para que todos los gobiernos y todas las personas adultas los respeten y cumplan. Es una ley tan importante que tiene validez en todo el mundo.

La seño les explica que esos derechos sirven para que las chicas y los chicos puedan crecer libres, sanos, seguros y felices. Según parece, esos derechos son igualitos para todas las niñas y todos los niños. No importa su estatura, su peso ni su color de piel, si tienen pelo corto, largo, lacio o con rulos. Tampoco, el país en el que nacieron, sus creencias, gustos o costumbres.

Otro día les cuenta que también tienen derecho a tener una familia que les brinde amor y cuidado, un hogar donde vivir, abrigo y comida. Que deben recibir ayuda y atención médica si tuviesen algún problema. Y algo más, algo muy importante ¡Tienen derecho a jugar! Nada de trabajar, eso es cosa de grandes. El único trabajo que tienen que hacer es ir a la escuela.

Las clases continúan. La seño dice que las niñas y los niños deben ser protegidos de cualquier tipo de maltrato, que tienen derecho a expresar sus ideas y sentimientos. Y, como ella quiere quedarse tranquila de que comprendan bien, menciona algunos ejemplos. Entonces afirma, con voz fuerte, que pueden jugar a lo que se les dé la gana, que pueden vestir los colores que prefieran, que pueden llorar si están tristes y reírse hasta que les duela la panza cuando están felices. También pueden enojarse (incluso con los grandes) si alguien hace algo que no les gusta. Es más, si el asunto fuese un poco complicado, pueden pedir ayuda a otra persona adulta para que intervenga y los proteja.

Franco está asombrado, muy aliviado también. Entonces se anima a llorar bajito y a contar su tristeza. Algunos chicos lo miran de reojo, se ponen tan incómodos que no saben qué hacer.

Sus amigas y amigos lo escuchan. Juan lo palmea en la espalda, Agustín asienta con su cabeza como si entendiese su dolor, Ana le da un abrazo, el resto se suma y lo apretujan con tanta fuerza que Franco consigue largar todas las lágrimas que se le habían metido en la panza.

Pero la historia no termina aquí, parece que Franco no es el único sorprendido ni aliviado. Julia está feliz porque puede pedirle a su mamá que deje de comprarle ropa de color siempre rosado. Es que a Julia le encantan todos los colores y tiene razón, habiendo tantos tonos y matices, por qué elegir siempre el mismo.

Martín se siente muy contento de poder jugar a ser maestro. Inés ya tiene la pelota bajo el brazo, ahora sabe que puede jugar al fútbol con sus compañeros y ellos también lo saben, por suerte. Los niños están felices de poder jugar a ser padres por un rato y las niñas están tan entusiasmadas con ser súper heroínas.

Entonces a la seño se le ocurre una idea para cerrar el año, les propone invitar a sus familias para que puedan aprender un poco sobre los derechos de las niñas y los niños.

El ansiado día llega, el aula es puro bochinche y alboroto. Las chicas y los chicos cuentan todo lo que han aprendido. La seño mira con atención a sus familiares. Puede ver algunas caras preocupadas. También, otras que lagrimean de orgullo por sus hijas e hijos. Mira a sus alumnas y alumnos con alegría. Confirma que fue una gran decisión dejar los números y las letras, por un rato, para que las niñas y los niños aprendan que tienen derecho a crecer libres.

(*) Incluido en "Cuentos desobedientes" (Editorial Laborde).

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