La visibilización de una niña o niño trans “interpela a la escuela” porque “la invita a revisarse”, explica la capacitadora en educación sexual integral (ESI) y psicóloga social Liliana Maltz, quien propone abordar la diversidad desde el nivel inicial.
“Cuando aparece un niño, niña o adolescente trans en una escuela es una revolución porque la interpela como institución que está construida y organizada en función de un pensamiento binario”, dice Maltz, para quien la visibilización “pone un dedo en la llaga a la escuela”, porque “invita a repensar cómo está organizada, los baños, los listados y las clases de educación física”.
“En distintos niveles, que un docente termine de tomar lista y pregunte si alguien quiere que se lo llame de una forma diferente a como figura en el listado era impensable tiempo atrás”, valora la especialista, licenciada en ciencias de la educación por la Universidad de Buenos Aires (UBA) que acompaña a escuelas en la implementación de la ESI.
Sobre el reconocimiento de la identidad de género en el jardín, la profesora, que además es autora de los libros Educación Sexual Integral. Una oportunidad para la ternura y Vaivenes de la ternura. ESI en nivel inicial (ambos de la editorial Novedades Educativas), explica que “cuesta pensar que en la infancia una niña pueda sentirse niño, o un niño pueda sentirse niña” y que “hay una idea de que el transicionar un género o salir de lo heteronormativo irrumpe a partir de la adolescencia, pero cuando las personas trans hablan de su infancia recuerdan que desde muy temprana edad empezaron a sentirse varón o mujer independientemente de su genitales”.
“No hay una edad donde se inicia esto, no es una elección, y es fundamental reconocer a las niñas, niños, niñes como sujetos de derecho desde la cuna”, remarca. Para Maltz, la infancia trans existe, no es un capricho, y no tiene que ver con que en la escuela o en el jardín se trabaje o no se trabaje ESI. “Lo que hace el jardín —aclara— es alojar el deseo y dar lugar a que las niñas y los niños se expresen con libertad, pero no es que la docente genera el deseo o el que se identifiquen con un género o con otro”.
En este punto, comparte una experiencia en sala de 4 años: “Un niño que llegaba al jardín y enseguida se vestía con ropa femenina, se dibujaba como una nena, se ponía vinchas, danzaba de forma muy femenina y lo que dijo con sus palabras fue «en el jardín yo soy feliz porque soy como me gusta ser». Y cuando una vez tuvieron que armar un video para las familias, él enseguida se sacó toda la ropa que solía usar porque sabía que lo iba a ver su familia. Ahí trabajamos cómo acompañarlos, para que puedan empezar a pensar en acompañar a su hija en este proceso”.
No obstante, la autora explica que los niños y las niñas son flexibles y se identifican con unos y con otros, por lo que invita a tener cuidado con “salir de un dogma binario y entrar en otro, pensando que si un niño durante un tiempo se viste con ropa que consideramos femenina ya estamos en presencia de un niño trans o al revés”.
Alojar a las familias
“Es una tarea central de la escuela no quedarse en un lugar de héroes, porque el que pueda ser alojado por la familia es fundamental, a cualquier edad. Y para un adolescente también”, precisa. En ese sentido, detalla que la escuela puede generar estrategias para, sin caer en la omnipotencia, crear espacios para que las familias puedan pedir inclusive ayuda externa y trabajar en despatologizar y acompañar aunque no lo entiendan.
“Se trata de decirles «te acompaño en tu búsqueda, en lo que necesitás consolidar y darle lugar a tu deseo», aunque no entienda demasiado”, precisa Maltz. La especialista señala que acompañar y respetar la diversidad no pasa solo por conocer y tener presente el marco legal (la ley de identidad de género, ley de ESI, de protección integral de los derechos de niños, niñas y adolescentes) sino también “pensarlo desde un proyecto institucional y alojar la resistencia de muchos docentes, porque no es solo de algunas familias”.
“Es necesario trabajar en red”, enfatiza la Maltz en referencia a familias y equipos docentes. Es que si bien muchas familias acompañan y arman una red con el jardín, “hay otras que vienen muy enojadas planteando por qué la sala se llama Rosa, o por qué le pusieron un pañal de varón si es nena”. Sostiene además que detrás del enojo familiar, “además de siglos de patriarcado que marca estereotipos, a veces hay angustia porque se escapa de lo que aprendieron y tienen miedo que su hija, hijo o hije sea discriminado”.
Entre las estrategias escolares para alojar la diversidad sexogenérica en la escuela, la profesora hace hincapié en la importancia de repensar desde los materiales que se utilizan en el aula y el lenguaje hasta la organización institucional, pero resalta que es un proceso que se da de distintas maneras según la comunidad en la que se desenvuelva. “Años atrás era impensable que en los jardines, cuando se trabajaba la familia, se trabajase con una diversidad de modelos y hoy circulan en muchos jardines, no en todos, que hay familias de dos mamás, dos papás, mamá sola, papá solo”, valora la autora.
Dice también que es importante cuando se trabaja con obras de arte, cuentos y láminas, mostrar la diversidad en todo sentido, como de color de piel y de cuerpos. Y sobre la cuestión del lenguaje, considera que se puede hablar de manera inclusiva sin hablar con la “E”: “Se puede hablar de las personas, las infancias, la reunión de familias. Pero, todavía existe la masculinización al referirse a reunión de padres, los chicos de la sala roja o el Día del Niño”.
Revisar estas cuestiones —entiende Maltz— “es como revisar la propia piel de la que uno está revestido, pero es un proceso que hoy es necesario, sobre todo cuando hay adolescentes que dicen «no me identifico ni como varón ni como mujer». No los podemos dejar afuera, porque sino estamos vulnerando un derecho, invisibilizando”.