docente

El profe Adrián y una historia de aprendizajes en tiempos de pandemia

Tiene 62 años, es docente en el colegio Boneo y cuenta cómo logró adaptarse a las clases no presenciales.

Sábado 26 de Septiembre de 2020

Hace 43 años que Adrián Rezzoagli trabaja como docente en el Colegio Boneo. Tiene 62 años y hasta antes de la pandemia nunca tuvo que dar una clase virtual. Por eso para él también, al igual que para muchos docentes, este fue un tiempo de adaptación y aprendizaje frente a una realidad que exigía distanciamieno. Justo él, que como bien dice, extraña mucho la presencialidad y el contacto cotidiano con sus alumnos y alumnas. Pero con ayuda logró superar cualquier barrera y hoy se lo muestra activo enseñando desde la computadora de su casa. Hace cartelitos y explica los contenidos de biología o química para sus estudiantes que lo siguen desde el otro lado de la pantalla. “Me costó adaptarme y aprender muchas cosas que no sabía, pero lo que me mantuvo con ánimo y ganas es que quiero mucho lo que hago”, dice el maestro. Un profe que, con más de 40 años de oficio, sigue enseñando y aprendiendo.

Adrián se ríe cuando se le sugiere que es casi “una institución” en la Boneo. Sí admite que lo une a ese establecimiento de Gorriti al 600 un sentimiento de pertenencia muy fuerte. Es que en esa escuela, perteneciente a la obra de Don Orione, hizo la primaria y la secundaria. Camina sus aulas, patios y pasillos desde hace 57 años. Cuando aun era alumno tomó un curso de formación religiosa en el Arzobispado de Rosario, por lo que al año siguiente de recibirse en secundaria, en 1977, comenzó a dar religión, lo que más tarde pasó a llamarse catequesis.

Después hizo el profesorado en nivel primario en el Colegio María Auxiliadora y el de ciencias naturales para secundaria en Nuestra Señora del Huerto. “En la Boneo hace 43 años que doy clases. Trabajo en el secundario como profesor desde el año 81 y desde el 86 como maestro de grado”, cuenta a La Capital.

adrian3.jpg

Aprender con los alumnos

Cada semana Adrián se sienta frente a su computadora para conectarse de manera virtual con sus alumnos de primero, tercero y cuarto años de la Boneo desde la plataforma Meet y en el horario habitual de cursado. Cuando empieza las clases lleva puesto unos auriculares de vincha con micrófono incorporado, para que el audio sea lo más limpio posible. Prepara los temas, propone actividades y corrige. Pero admite que al principio no todo fue tan sencillo: “Uno estaba acostumbrado a trabajar de otra forma, siempre en la presencialidad. El primer par de meses me costó bastante, porque tuve que adaptarme y aprender muchas cosas que por ahí no sabía. Y también además de aprenderlas, aceptarlas de alguna forma, porque era eso o eso. No había otra posibilidad”.

En el colegio cuentan además con la plataforma Go School, que también utilizan para enviar o recibir trabajos. “Y lo que no se puede —agrega— se suple con buena voluntad, desde WhatsApp o videollamadas. Hay que poner buena voluntad nomás y hacerlo”.

Sin dudas que fue todo un desafío, pero Adrián —y su historia, que es también la de la mayoría de los docentes— no bajó los brazos: “Lo que me mantuvo con ánimo y ganas es que quiero mucho lo que hago y me interesa trabajar con las personas desde la educación. Eso me sostuvo, a la par de aprender otras herramientas que hasta el momento no había utilizado”.

adrian5.jpg
El docente dice que extraña el contacto diario con sus alumnos y alumnas.

El docente dice que extraña el contacto diario con sus alumnos y alumnas.

Una y otra vez el profe Rezzoagli menciona a Lucas, un vecino universitario como una ayuda fundamental para auxiliarlo en todos los aspectos tecnológicos. “Cuando se desató todo esto me encontraba con un montón de cuestiones nuevas y entonces este joven me ayudó muchísimo y me sigue ayudando, porque muchas veces cuando estoy medio complicado con algo que no puedo resolver me ayuda”, dice sobre Lucas, a quien cariñosamente nombra como su “profesor adjunto”. Sus alumnos también lo ayudaron, aportando alguna idea o sugerencia. El aprendizaje, para todos, fue una tarea colectiva. Además de la Boneo, da clases de biología en una escuela media para adultos (Eempa) y didáctica de las ciencias naturales en el profesorado Nº 4.045 y en el Nº 4.005.

De cara a los próximos meses, sabe que quizás por un tiempo van a convivir las dos formas de enseñanza, la presencial y la virtual. Pero advierte que no todos los alumnos y alumnas pueden por ahora acceder a esta segunda modalidad: “Con mis alumnos de la escuela de adultos la enseñanza es vía WhatsApp o a través del correo electrónico, porque en algunos casos no es tan sencillo que puedan tener el acceso a alguna plataforma, y calculo que eso debe pasar en muchas escuelas”.

Adrián dice que ya logró adaptarse bien, pero que lo presencial es insustituible en su labor docente. “Lo que más extraño —cuenta— es que cuando vos das clases y explicás podés tener un diálogo con los alumnos, es mucho más fluido, sin tantos obstáculos ni interferencias. Y también se extraña el vínculo afectivo, porque no es lo mismo lo que podés expresar a través de una pantalla que lo que se logra persona a persona. Lo cotidiano, lo de cada día, eso se extraña”.

adrian2.jpg

—¿Volvería a elegir la docencia?

—Soy alguien de mediana fe, creo que uno recibe de alguna manera una vocación y yo di respuesta a eso. Por eso si me volviesen a dar esta tarea en mi vida la volvería a elegir. Muchos ex alumnos me escriben y me ratifican en esto que hago y me gusta. Sí, lo volvería a hacer. Obviamente cambiando algunas cosas, pero otras no, como el respeto y el afecto por el alumno, el valor que tiene aprender y estudiar.

—¿Qué es un buen docente?

—Primero hay que tener vocación. Segundo amor por lo que uno hace y por la personas por las cuáles uno hace eso. Formación, estar preparado, estudiar. Y estar a tono con los tiempos que corren. Tuve que modificar aspectos pero manteniendo siempre los principios, porque esos no cambian.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

LAS MAS LEÍDAS