Nuestra cultura en general es productora de símbolos, representaciones e imágenes que son las que guían en principio nuestro actuar. Hay un elemento transversal que viene de la primera modernidad y llega a nuestros días, que es creer que a todo lo podemos tener bajo control. Que la naturaleza nunca va a fenecer, hagamos lo que hagamos. Aún depredándola mortalmente.Creemos que los bienes comunes como el aire, el agua, la tierra y el conocimiento son infinitos. Y muchas veces nos creemos dioses de flojas maderas. Nuestra cultura aún en el arte está atravesada por el cálculo. “Sin cálculo de distintas mediciones no hay resultado”, reza el antiguo pensamiento. Nuestra vanidad es tan unánime y oceánica que estamos convencidos que la naturaleza del agua se somete en su totalidad al cálculo y al control. Pero no es así. Necesitamos una cultura ambiental universal que se aleje de los dioses humanos con sus prótesis.
Somos personas humanas atravesadas por la incertidumbre. El Covid-19 nos enseña y la profunda bajada de los ríos también. Dos hechos que hacen ontología y epistemología que nos deberían construir en nueva subjetividad: con una innovadora cultura del ambientalismo inclusivo. Ambientalismo que nos construye y construimos.
Así, el grandioso curso de agua del río Paraná presenta una pronunciada baja en su caudal. El Padre de las Aguas (en idioma guaraní) ha bajado muchísimo y se calcula, según distintas fuentes, que en la zona del litoral a principios de mayo 2020 bajará aún más el río. Veamos en las siguientes localidades: Paraná a 0,56 metros, Santa Fe a 0,73 metros y Rosario a 0,66 metros. En el mismo orden, si las comparamos con la altura media promedio del río Paraná en el período 1994/2018, ésta era de 3,63; 4 y 3,76 metros, respectivamente. Como podemos ver, la situación es preocupante. Si en Santa Fe el promedio de altura era de 4 y podría llegar a 0,73, habría una diferencia de 3,27 metros de menos agua en el cauce el río Paraná. En Rosario la diferencia es de 3,1 metros. El paupérrimo régimen pluvial ha desembocado en esta bajante histórica aguda del río. La escasez de lluvias y el cambio climático tienen su incidencia y está generando un notable déficit hídrico. También es una oportunidad para analizar el efecto que genera la cantidad de represas hidroeléctricas —cerca de 46— y la deforestación de Brasil en el Alto Paraná.
Ante la escasa masa de agua, fue necesario que la Argentina solicitara la apertura de la represa de Baixo Iguazú de Brasil, liberando 350 metros cúbicos por segundo. Alivió, pero no fue determinante y surgió, de suyo, la necesidad de que la represa Itaipú (Brasil-Paraguay) liberara 1500 metros cúbicos por segundo.
Las Cataratas del Iguazú se han secado prácticamente. De los 1500 metros cúbicos por segundo promedio que tenía, han pasado a tener un caudal por debajo de los 300 m3/s. Por falta de lluvias, pero se problematiza aún más la situación por la retención de agua que puedan hacer las represas de Brasil.
Estamos frente a una sequía extraordinaria por la falta de lluvias. La anterior sequía de este tenor fue hace 50 años. Este déficit hídrico exige que los países miembros del CIC (Comité Intergubernamental Coordinador de los Países de la Cuenca del Plata), constituído por Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay y Uruguay, aborden esta problemática del río Paraná desde un enfoque científico de ambientalismo inclusivo. Es decir, en base a una visión integral y multidisciplinaria que analice todas las incidencias, sean éstas grandes o pequeñas, pero que afectan al río Paraná en toda su trayectoria.
El agua no está sometida a ningún manual ni a ningún país, porque es hija y madre de la naturaleza. Necesita del cuidado frente al grave déficit hídrico, el cambio climático y el efecto que pudieran producir las represas, la deforestación y la contaminación. El Tratado del Río de la Plata del año 1969 ya establecía principios de colaboración y cooperación entre todas las partes, cuestión que se tienen que respetar, profundizar y actualizar. Esta baja extraordinaria en los ríos está dificultando las tomas de agua cruda para potabilizarla. Tienen que introducirse aún más en el lecho del río Paraná. Por ello, es necesario que tengamos una cultura de respeto, solidaridad y responsabilidad con el agua potable en las ciudades.
Hay detalles que marcan grandes trazos. No puede ser que estemos en un promedio de consumo de 400 litros por persona por día en la provincia de Santa Fe, cuando la OMS establece que con 100 litros por día por persona se puede vivir. Es realista, entonces, pensar que podemos vivir con 200 litros día persona. La justicia social y ambiental es la emergencia a practicar que surge de la pandemia y la gran sequía. En medio del Covid-19, parece que hubiera una tensión entre higiene, cuidado, consumo solidario del agua y el déficit hídrico. Podemos superarla sin binariedades. Se puede higienizar muy bien las manos y el cuerpo, y se puede cuidar el agua. Hay que sumar sintetizando.
Urge una cultura ambiental novedosa que influya en la ciencia. No hay datación científica sin sensibilización por la vida. El pasado no puede dictarnos el futuro. Al pasado sólo hay que recordarlo para superarlo, mejorando.