educación

Diego Golombek: "La escuela debe servir para pensar científicamente"

El investigador y titular del Inet desarma el discurso de las pseudociencias en torno a las vacunas y la pandemia.

Sábado 21 de Agosto de 2021

Diego Golombek está sentado en un banquito en medio del taller de una escuela técnica. Es un ámbito de aprendizaje que conoce y reivindica como clave para el desarrollo. “Hay que industrializar y la escuela técnica es la que te va a proveer conocimientos para esto”, afirma Golombek, docente universitario, doctor en biología y actualmente titular del Instituto Nacional de Educación Tecnológica (Inet).

El taller está en la Escuela Nº 471 de Rosario. Un lugar ideal para reflexionar sobre el rol de las técnicas, pero también de las escuela en general frente a la catarata de informaciones referidas al coronavirus. “La escuela debe servir también para pensar científicamente. No para que todos sean cientifiquitos o cientifiquitas, pero sí para pensar racionalmente. Por ejemplo, para ver el bombardeo de información alrededor de la pandemia y poder interpretarlo”, afirma quien es además director del Laboratorio de Cronobiología de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) e investigador principal del Conicet.

Entrevista a Diego Golombek

En la charla con La Capital, Golombek habla de las neurociencias, de los debates alrededor del coronavirus y del peligro para la salud de ciertos discursos que emergen de las pseudociencias. Es que además de la investigación, una de sus pasiones es la divulgación científica, que desarrolla desde hace años como director de la colección Ciencia que ladra (Editorial Siglo XXI) y como conductor del programa Proyecto G de canal Encuentro.

—En este tiempo de incertidumbre a nivel social, económico. También para las industrias. ¿Cuáles son los desafíos de las escuelas técnicas frente a este escenario?

—El desafío es enorme y además muy entusiasmante. La escuela técnica está bien, funciona. Es cierto que con la pandemia hay menos talleres, menos presencialidad. Pero un pibe o piba salen formados en construcciones, metalmecánica o electricidad. Por un lado tenemos el desafío de mantener eso bueno, esa camiseta y orgullo que tiene la escuela técnica, pero al mismo tiempo avanzar en nuevas especialidades que la industria está demandando. Y tal vez desde la educación no estamos aportando lo suficiente. Tenemos que acercar la oferta de la técnica a la demanda de la industria. Ahora está claro que necesitamos un modelo más desarrollista, con o sin pandemia hay que industrializar, y la técnica es la que te va a proveer conocimientos para esto. Ese es un desafío enorme. Mantener lo bueno y avanzar en lo nuevo.

—Sos investigador de Conicet y quizás se está viendo de un tiempo a esta parte con la pandemia que la ciencia está en la agenda. Se discuten los avances científicos, pero también se nota cierto panelismo con respecto a la ciencia. ¿Cuál es tu mirada?

—Es un fenómeno extraño pero bienvenido. Que se hable de ciencia está bien siempre, aunque después terminemos peleándonos. Tenemos un experimento mundial sin precedentes, que es que todos los científicos y las científicas del mundo estemos pensando en lo mismo. Eso nunca pasó en la historia. Estamos pensando qué hacer con este despelote que tenemos entre manos. Yo dirijo un laboratorio de sueño, de ritmos biológicos.¿Y en qué estamos pensando? En cómo desde el sueño podemos aportar algo al manejo de la cuarentena en su momento y de la pandemia. Por supuesto que la gente que sabe de salud o epidemiología está con la cabeza totalmente enfocada en esto. El otro fenómeno es lo que decís, que la gente esté pensando que la ciencia está más cerca. Hay una demanda de ciencia, de ver qué hacen, qué están investigando, en qué me ayuda esto. Esto tiene varias aristas. Una es la más directa y es que la gente ponga su esperanza en que la forma de solucionar un problema enorme como la pandemia viene por el lado del conocimiento, la ciencia y la tecnología. Pero también quedaron claroscuros. Esto también nos ayuda a mostrar el cómo de la ciencia, los procesos, con aquellas cuestiones que por ahí no son tan conocidas. Ha pasado a lo largo de este año y medio que venga un científico o una científica a decir: “Bueno, ahora sabemos esto”. Y al mes te dicen: “¿Sabés que? Ahora no lo sabemos más, o es distinto o tenemos nuevos datos”. Esto da cierta incertidumbre a la gente, pero también ayuda a mostrar que la ciencia avanza de esa manera. La ciencia no avanza con el principio de autoridad, las cosas no son verdad porque las dice tal persona, el premio Nobel o el Papa. Son verdad porque se demuestran de cierta manera y esa manera va avanzando con nuevos métodos, nuevas formas de sacudir en la naturaleza. Eso está muy bien que lo podamos contar, aunque a veces cause cierta incertidumbre en la población.

—Incluso esto quedó en evidencia con la pandemia y generó enojo en redes sociales y periodistas, que decían: “Nos dijeron hace un mes que la cosa era así y ahora dicen lo contrario”.

—Es que así es la ciencia, avanza de a cachitos. En general nunca descubrimos nada, sino que vamos sumando nuevos hallazgos para historias que son muy largas. Historias que por ahí vos heredaste de tu mentor, de tu mentora y van a seguir tus discípulos. Con lo cual es importante también transmitir eso, no solamente los hechos de la ciencia, sino cómo llegamos a esos hechos.

—Recién nombró el laboratorio de sueño y recuerdo que hace un tiempo el CEO de Netflix, cuando le preguntaron por sus principales competencias, no nombró a otras plataformas sino que habló del sueño.

—Y la verdad que desde su punto de vista lo bien que hizo. No fue tan original. Hubo otro CEO, mucho antes, que dijo algo parecido, que fue un tal Thomas Edison. El tipo decía que en cierta forma la invención o la distribución masiva de energía eléctrica para iluminar —la iluminación por bombitas eléctricas—, era básicamente para vencer la tiranía del sueño. En su cabeza estaba: “Yo estoy limitado porque de pronto es de noche y no puedo seguir trabajando, generando nuevas divisas. Te invento una luz eléctrica para que puedas seguir trabajando”. Así que lo de Netflix va un poco en ese sentido y no está bueno. La verdad que esta sociedad de 24 horas tiene consecuencias en la somnolencia, en la fatiga, en el estado de ánimo y en la salud.

—Eso se puso en juego en la pandemia, donde mucha gente se quedaba mirando series de noche...

—Claro que sí. Nosotros tenemos un reloj en la cabeza que nos dice qué hora es. Ese reloj se pone en hora con la luz solar, la luz del día. Pero también lo podés engañar, lo podés hackear. La luz artificial, particularmente la luz a la noche, hace bastante mal al reloj, y no somos conscientes, porque le está diciendo al reloj “es de día, seguí de largo, no pasa nada”. Encima nadie se va a dormir solo, porque todos se van a dormir con pantallas: la tele, el celu, la tablet. Y la luz led de estas pantallas tiene un color y una iluminación que es la que más estimula al reloj biológico. Con lo cual sí, venimos bastante mal con esto y tenemos que concientizar mucho.

—Vuelvo a la pandemia y al conocimiento científico: imanes que se pegan a las personas vacunadas, comunicadoras que toman dióxido de cloro en cámara. De estas certezas de WhatsApp, ¿cuál te llamó más la atención?

—(Se ríe, imita la pose de un científico malvado y dice: “Ja ja, tenemos nuestros métodos y dominaremos el mundo”) Claro que sí, habiendo tanta preocupación en la gente no solamente es un caldo para las ciencias sino también lamentablemente para la pseudociencia. Y cuando se trata de salud la verdad que tenemos que tener mucho cuidado. Uno puede preocuparse por pavadas, por estupideces como el terraplanismo, por cuestiones que claramente son falsas o pseudociencias como la homeopatía o la astrología. Pero no le hacen mal a nadie. La homeopatía si reemplaza un tratamiento real no está bien. Pero si vos querés levantarte todos los días y ver qué dice tu signo, a ver si tenés que hacer tal cosa o la otra ¿a quién le hace mal? El que no haya leído el signo en el diario que tire la primera piedra. Pero con la salud no, con la salud cualquier cuestión pseudocientífica pone en juego la salud individual y la salud pública. Acá tenemos que tener muchísimo cuidado. También la responsabilidad de los medios y de una porción minúscula del personal de salud que ha dicho algunas cosas raras, no tanto en la Argentina sino en otras partes del mundo. Gente de ciencia o de salud que dijo gansadas que no se sabe de dónde salen. Pero claro, la gente escucha eso y no podemos permitirlo. Lo que ha pasado... dióxido de cloro, algunos fármacos que tienen otros usos y empezó a circular que también podían tener un uso en la pandemia sin que estuviera tan demostrado. También todo lo que se ha manipulado sobre vacunas. Cosas rarísimas. ¿Cuándo en la mesa de la cena la gente hablaba de si algo está publicado en The Lancet o en Billiken? ¿Cuándo pasó eso? Efectivamente hay un proceso de validación del conocimiento científico. Pero no sé si es parte de la vida cotidiana ese proceso de validación. Esa es la parte más profesional.

—En algún momento se debatió también el origen de las vacunas en cuanto al país que la producía.

—Ah, por supuesto. La vacuna rusa, esta, la otra. Y la verdad que vos te vacunaste con BCG alguna vez, sarampión o lo que fuera. ¿Te acordás de qué país o cepa era? No, obvio que no. O la eficacia. Se habla tanto porcentajes. Entonces te preocupás: “No, esta tiene eficacia del 50 o del 90”. Las vacunas que nosotros nos pusimos cuando fuimos creciendo tampoco tienen una eficacia del 90 por ciento. Estas vacunas son tremendas. Algún día miraremos para atrás y diremos: “Chau, en un año los científicos y las científicas se pusieron de acuerdo y produjeron vacunas y en meses se secuenció el genoma del virus”. Eso no había pasado nunca y ese conocimiento llegó para quedarse.

—Frente a esto, ¿hay algo que puede hacer la escuela?

—Por supuesto que sí. La escuela sirve para muchas cosas. Sirve para formar mejores ciudadanos y ciudadanas, mejores personas, para seguir estudiando. Ojalá podamos estimular para que sigan estudiando en carreras universitarias o terciaras. Pero debe servir también para pensar científicamente. No para que todos sean cientifiquitos o cientifiquitas, pero sí para pensar racionalmente, para tomar otro tipo de decisiones. Por ejemplo, para ver el bombardeo de información que tenés alrededor de la pandemia y poder interpretarlo. Poder saber qué es una fuente, qué dice tal persona y tal otra. La verdad que la escuela está para eso. Y con el ministro Nicolás Trotta estamos avanzando en un nuevo plan de ciencia en la escuela. Estamos recién armándolo con esta idea: no solamente de los hechos o la historia de la ciencia, sino de pensar científicamente. Para mí es una obligación indelegable de la escuela.

—Si bien es un camino que se viene desarrollando desde hace tiempo, ahí está también el tema de los investigadores y la divulgación, que siempre has batallado con eso.

—La ciencia no es ciencia hasta que no se cuenta, hasta que no se comunica. Es otra cosa que no sé cómo se llama, pero no se llama ciencia. La comunicamos profesionalmente. Nuestra tarjeta de presentación son los papers, los congresos o lo que fuera. Y vivimos de eso, nos juzgan por eso. Pero también hay que contarla de otra manera. Contar lo que hacemos es o debiera ser parte de lo que hacemos. Parece ser un trabalenguas, pero contar lo que hacemos al público en general es parte de nuestro trabajo. No te digo que dediquemos horas y horas. A mí me gusta y me fascina hacerlo, pero no es para dedicar tanto como la investigación. Pero hay que hacerlo. Hay que hablar con el periodismo, la eterna lucha del bien contra el mal, la ciencia contra el periodismo (risas). No nos gusta esta interacción. Para un científico históricamente el periodista era aquel que tergiversaba lo que uno dice. “Mirá el título que me puso” o lo que fuera. Esto está cambiando aceleradamente, tenemos periodistas científicos profesionales que antes no teníamos. Y para el periodista, el científico era aquel que abría la boca y salían ladrillos. “Tomá, no me cambies ni una palabra y quiero ver la nota”. Bueno, está cambiando esa interacción con la comunicación. Pero tenemos que hacer muchísimo más trabajo y fomentar desde el Estado y las instituciones científicas que esto se haga.

—Tu laburo en Canal Encuentro abrió muchas respuestas en este sentido. Comunicar la ciencia de una forma mucho más amena y que llegue a los chicos.

—Es que se confunde muchas veces contar la ciencia con algo solemne. Y no. Es serio pero no solemne. De hecho la ciencia también es muy divertida. Vos vas a un laboratorio y no es un convento de monjas y monjes, es un lugar donde se hacen chistes, se festejan cosas, a veces la pasás mal porque no te dan los experimentos. Tenemos que contar eso también. La ciencia es parte de la vida cotidiana y esa es la mejor excusa que tenemos para hablar de ciencia.

—De un tiempo a esta parte hay una especie de “moda” de lo neuro. Se le pone neuro a todo. No solo la neurociencia...

—Sí, el fenómeno neuro-todo. Neurofútbol, neurohelado, lo que quieras. Neuromoda.

—¿Qué me podés decir de ese aporte?

—A ver... garpa. Vos para irte de levante hace unas décadas te ibas a un bar tradicional acá en Rosario a comer un carlito, o al Café La Paz en Buenos Aires, con una pipa, una gorra y hablabas de “psi”. Psi algo, lo que fuera. Hoy no, hoy te vas a Starbucks y hablás de “neuro”, sino no ganás. Es un exceso, obviamente. Tiene una parte buena ese exceso, que ha puesto una rama de la investigación en la vida cotidiana. Entender por qué estoy haciendo esto, por qué tomo tal decisión. O qué pasa con la respuesta del cerebro frente a determinados estímulos. Pero tiene también este peligro de extrapolarlo a cualquier cosa y no es cualquier cosa. De hecho la mayoría de las veces que se habla de neuro en el sentido cotidiano en realidad hablamos de psi: psicología cognitiva o experimental. Lo otro, es que también es importantísimo contar el cómo. Porque está muy de moda también mostrar cerebritos de colores: “Acá vemos el área del cerebro de la estupidez, el área del cerebro de la moral o lo que fuera”. Y en realidad no es tan así, es un método complicado de análisis e imágenes cerebrales que hay que interpretar, con toda una estadística detrás. Eso también tenemos que contarlo. La neurociencia es un área que ha crecido en las últimas décadas como ninguna otra. Bueno, aprovechemos para contarlo bien, sin exageraciones, sin falsas promesas, sin cuestiones que te van a llevar a una pseudoneurociencia. Es fascinante, me fascina hacerlo, pero hagámoslo bien.

—Entre las visiones más apocalípticas y las más esperanzadoras respecto a la pospandemia, ¿qué aprendizaje te gustaría que quede, que sedimente de todo esto?

—Dentro de las ciencias sin dudas que el trabajo cooperativo, siempre fue así. La ciencia no puede no ser interdisciplinaria y cooperativa, pero ahora es mucho más. Aprendimos mucho de eso y eso se tiene que quedar. Dentro de la educación, la verdad es que no tenemos las mejores noticias en cuanto a cómo nos hemos adaptado, pero nos hemos adaptado. La educación es un elefante que uno piensa que no se mueve. Esto que siempre se dice que la educación es igual que hace cien años y nada la mueve. Pero hemos demostrado también que es un elefante que se puede mover. En marzo del año pasado se suspendieron las clases presenciales y muy poco tiempo después el sistema se acomodó. Docentes y escuelas, con lo que pudieron y un poco a los tumbos, tratando de entender algo tan nuevo, se fueron acomodando. Sí, hay falencias enormes en conectividad, en plataformas, en compus, en la formación docente para este nuevo mundo. Pero se adaptó el sistema y me parece que eso lo tenemos que poner en primer plano. No era ese elefante que no se movía. Es cierto, no es lo mejor que podemos hacer dentro de la educación, pero nos movimos y nos adaptamos. Eso aprovechémoslo también.

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