Por Sergio Rascovan / Vanina Daraio (*)

En los últimos años, fenómenos como el UPD (Último Primer Día) han reconfigurado el modo en que quienes están próximos a egresar transitan la despedida escolar
Por Sergio Rascovan / Vanina Daraio (*)
El 21 de septiembre, Día del Estudiante y de la Primavera, es un acontecimiento profundamente instalado en nuestra cultura. Sin embargo, para miles de jóvenes que hoy cursan el último año de la escuela secundaria en todo el país, este 21 de septiembre no fue una fecha más: fue, estrictamente, su último Día del Estudiante.
¿Qué se pone en juego cuando la primavera se viste de despedida?
Finalizar la secundaria implica enfrentarse con un momento decisivo de transición: el pasaje de una institución a otra. Un salto que entraña riesgos de intensidad variable según la historia de cada joven, pero sobre todo según las coordenadas de la época que nos toca habitar. En el escenario contemporáneo, ese salto hacia el futuro suele vivirse con el temor de caer sin una red protectora.
Conviene recordar que la transición no es un instante, sino un proceso largo y complejo. Comienza mucho antes de la entrega de diplomas y termina bastante después de inscribirse en una carrera o conseguir un primer trabajo.
La escuela, con todas sus tensiones, funcionó durante años como un ordenador de la vida cotidiana, regulando tiempos y sosteniendo lazos. Salir de allí despierta vivencias encontradas y contradictorias que escuchamos en los propios jóvenes: del “no veo la hora de irme” al “no quiero que se acabe nunca”.
En los últimos años, fenómenos como el UPD (Último Primer Día) —al que ahora se le suman “la Última Semana Santa”, “las Últimas Vacaciones de Invierno” o este “Último Día del Estudiante”— han reconfigurado el modo en que quienes están próximos a egresar transitan la despedida escolar.
Estos ritos combinan al menos tres dimensiones:
• El ritual de cierre: la necesidad de ponerle cuerpo y festejo a un pasaje simbólico que de otro modo resultaría abstracto.
• La lógica de las redes: prácticas organizadas y difundidas a través de Instagram o TikTok, pensadas para la visibilidad mediática, donde la existencia requiere la confirmación de la pantalla: no se festeja solo hacia adentro, se festeja para el feed.
• La identidad generacional: la confección de remeras, buzos y banderas con la consigna “Somos la Promo” funciona como un modo de nombrarse.
Hay una paradoja desgarradora en este fenómeno: ese “nosotros” tan intenso se fabrica con más fuerza justamente cuando está a punto de disolverse. La promoción se celebra a sí misma en el preciso momento en que comienza a despedirse. Podemos pensarlo como un trabajo colectivo de duelo, tramitado con música, disfraces y pantallas en lugar de palabras formalizadas.
Los festejos de los “últimos” revelan una verdad de época atravesada por lógicas que es necesario nombrar con claridad. La primera es la de la cultura del espectáculo donde todo se muestra, se exhibe, se sube: fotos grupales, banderas, fiesta. Y donde hay exhibición, hay competencia. Se instala una rivalidad imaginaria por quién da más. Más producción, más creatividad, más convocatoria. “Si los otros hacen algo, nosotros lo haremos mejor. Más y mejor”. La fiesta es mejor cuanta más gente se reúne, cuanto más lograda es su estética, cuanto más circula. La pertenencia queda así enganchada a una métrica, vale lo que la promo logra mostrar.
Y está, por supuesto, la mercancía. Como casi todo en las sociedades actuales, el festejo de los “últimos” se transformó en un gran negocio. Lo que al principio tuvo como en el caso del UPD -por poquísimo tiempo- un carácter espontáneo se fue comercializando: alquiler de locales para la juntada, vestimenta para la ocasión, servicios pensados a medida del evento. La espontaneidad juvenil es rápidamente capturada y metabolizada por una industria que aprovecha su masividad para vender. No es un fenómeno nuevo, las culturas juveniles vienen siendo, desde hace décadas, materia prima de mercantilización, fetichizadas en algunas de sus imágenes y devueltas como producto vendible. De ahí una observación que no queremos suavizar: para la mayoría de los adultos —familias, docentes, autoridades— la serie de los “últimos” es un problema, para otros adultos, es un gran negocio. La misma escena que algunos quieren regular, otros la quieren rentabilizar.
Sin embargo, sería un error quedarnos solo con la cara mercantil. Las mismas culturas juveniles que el mercado captura son, también, espacios donde las y los jóvenes ensayan formas propias de nombrar lo que les pasa, de des-ordenar las convenciones del lenguaje adulto, de inventar significantes para inscribir su experiencia. Hay en la serie de los “últimos” junto al exceso y al negocio, una potencia creativa innegable: producción colectiva, ingenio, despliegue estético, capacidad de organizarse y de hacer juntos.
El rito juvenil oscila entre la exhibición competitiva del yo que rinde y un nosotros que resiste a la soledad. Nuestra tarea, como adultos, no es elegir por ellos cuál de las dos cosas será, sino crear condiciones para que la segunda tenga lugar.
Resulta sintomático cómo estas celebraciones pasaron de ser una novedad en un puñado de colegios a convertirse en una tradición nacional en poco más de una década. Como señala el sociólogo Hartmut Rosa, en la modernidad tardía la aceleración social es tan vertiginosa que las pautas culturales no se heredan entre generaciones, sino que se fabrican e institucionalizan en tiempo real a la velocidad de la red.
Pero hay algo más profundo detrás de este imperativo de festejar cada “último” hito. Nuestra sociedad ha multiplicado las escenas de despedida en un abierto contraste con la dificultad creciente para nombrar y garantizar los comienzos.
¿Cuál es hoy el rito claro de iniciación a la vida adulta? ¿El primer empleo, en un mercado laboral precario? ¿El ingreso a la universidad, que muchas veces se dilata o interrumpe? ¿La emancipación del hogar familiar, cada vez más tardía?
Cuando los puntos de llegada al mundo adulto se vuelven borrosos e inciertos, los jóvenes responden ritualizando la salida. Fabrican umbrales firmes del lado de lo que dejan porque el mapa de lo que viene perdió sus contornos.Por eso, el desborde y la hipertrofia del festejo no son meras conductas superficiales o desordenadas; son formas festivas de procesar una angustia legítima ante un futuro sin garantías. No se festeja a pesar de la incertidumbre, sino precisamente a propósito de ella.
En este 21 de septiembre, detrás del colorido de las remeras de la “Promo”, la música en los parques de la ciudad y las fotos compartidas en redes, hay una generación demandando reconocimiento. Mirar estas manifestaciones sin estigmatizar nos permite leer la época y acompañar a nuestras y nuestros jóvenes en el complejo arte de decir adiós para empezar a construir lo que vendrá.
(*) Autores del libro “Terminar el secundario. Entre fiestas y angustias frente al futuro”


