El temido sable corvo de José de San Martín. La frenética pluma de Mariano Moreno. Las históricas estadísticas de Bartolomé Mitre. El polvoriento poncho de Martín de Güemes. La adicción francesa de Domingo Faustino Sarmiento. La beligerante armada de Guillermo Brown. La desértica campaña de Julio Argentino Roca. Los europeos impulsos de Bernardino Rivadavia. La vorágine federal de Juan Manuel de Rosas. El frenético pronunciamiento de Justo José de Urquiza. La penal dialéctica de Nicolás Avellaneda. La escopeta que supo archivar la vida de Lisandro de la Torre. Los descamisados sueños de Eva Duarte. La popular sonrisa de Juan Domingo Perón. Los caudillescos ademanes de Estanislao López. Los entrerrianos gestos de Francisco Ramírez. Los enmarañados cabellos de Facundo Quiroga. El sanguinario asesinato de Manuel Dorrego. La tosca ceguera de Jorge Luis Borges. Las profundas obsesiones de Ernesto Sábato. La inigualable voz de Carlos Gardel. Mujeres y hombres. Ni héroes ni villanos. Tan sólo, mujeres y hombres. Espíritus visionarios. Almas complejas que anhelaron un país con historia propia, libre de contaminación extranjera. Próceres. Mártires. Cadáveres. Polvo. Ceniza. Olvido. Moscas que zumban por sobre la memoria de personalidades sublimes, con importancia. Gusanos que devoran, con dulce paciencia, los míseros recuerdos del caudaloso pasado. Inseguridad. Mutilaciones. Secuestros. Muertes. Corrupción. Aniquilación política, económica y social. La historia argentina llora sangre. Las lágrimas coagulan. Vuelven a fluir sobre el presente. Crisis. Mientras los docentes erigen como salvadora premisa a la educación, algún que otro alumno enciende, con el rostro alucinado al mejor estilo Juana de Arco frente a la hoguera, el aparato de televisión. Nada de unitarios o federales. Nada de banderas ni de escudos. Nada de divisa punzó, libros, espadas o tumbas en la Recoleta. Ahí están ellos. Insultos de salón. Agravios guionados, mal actuados. Un muñeco de silicona y plástico. Bañado en chocolate. Soberbias aspiraciones a Rey Midas. Un puñado de mujerzuelas. Voluptuosas curvas. Escote milimétrico. Pollera inexistente. Un oponente. Mezcla de Don Juan en estado de descomposición con antihéroe a punto de vencer. Una batalla triste, de ritmo bizarro, grotesco. Primer premio, carne femenina de exportación. ¿Es posible que los defensores de la educación puedan seguir inculcando valores dentro de una trama contextual tan superficial y banal? ¿Qué concluye por ser más trascendental en esta sociedad poseedora de una argentinidad de controles remotos y planas pantallas? Dos opciones: ¿La utopía educadora o la fama aparente? ¿La quimera antiviolencia o el éxito inconsistente? No va más. Hagan sus apuestas.


































