El pasado domingo por la noche pude haber terminado el fin de semana aburrido, resignado; en fin, de otra manera. Pero no, con mi familia decidimos ir a cenar al Parral como lo hacemos todos los domingos. Y en lo mejor de la cena, entre risas y anécdotas, la realidad nos pegó una fuerte bofetada, tanto a nosotros como a los demás que estaban allí. Sí, lo que tanto vemos y oímos en los medios nos estaba sucediendo a nosotros. Fueron tres los que nos robaron, con total calma, la misma calma que brinda la seguridad que nada les puede pasar. Nos robaron, nos humillaron y alguien también fue golpeado, como para demostrarnos a todos quién ostentaba el poder. Todo terminó en seis minutos, luego vinieron los comentarios, las preguntas y la bronca. No pude ver que hayan tocado la caja y tampoco nos hicieron tirar al piso. Debo decir que no oí al dueño preguntar cómo estábamos, habiendo niños con ataque de pánico y no vi custodio, pese a que el local fue asaltado varias veces anteriormente. No sé si es por paranoia o sentido común, pero cada vez que pienso en lo sucedido siento que algo no está bien y va más allá del robo. De algo estoy segura: nunca más iremos al Parral.
































