Que la familia es la primera célula formadora, que las instituciones están enfermas, y así podríamos seguir disparando miles de palabras hilvanando una tras otra la mejor secuencia del mejor entramado discursivo que jamás nadie hubiera leído o escuchado. Sin embargo, el efecto perlocutivo o la intencionalidad perseguida seguiría tan ausente como en los comienzos. Hoy un niño fue mutilado, ayer una niña fue abusada o violentada, antes de ayer otro fue discriminado porque era ‘bolita' o porque era "rengo" o porque usaba anteojos o porque era obeso. Las causas, siempre infinitas, seguirían engrosando el listado de argumentos que a nadie le haría cosquillas siquiera. La escuela, ese lugar donde chicos y grandes continúan reencontrándose cada día para intercambiar ideas, reflexionar y pensar, mientras conocen, se informan y se educan, ha ido cambiando y se ha ido contaminando con las mismas excentricidades del medio ambiente que todos cohabitamos, junto con las discusiones y bombardeos televisivos, las explosivas curvas eróticas que aplauden los adultos en las publicidades junto con sus hijos, las fogosas habilidades de los matones y los patovicas, mientras ponderamos las utilidades de la diseñadora de turno que se vendió al magnate tal o cual. Los chicos son pequeños de estatura pero no son tontos. La carencia del vínculo afectivo, de la palabra orientadora, del abrazo oportuno y del clima adecuado han sido reemplazados por la Biblia y el calefón, y este "cambalache" no les resulta indiferente. Educar es una acción formativa que nos concierne e involucra a todos. ¿Con qué ánimo vuelve este niño a la escuela? Y si no es en la escuela, ¿dónde?, ¿cuál es el sitio? Nuestros hijos nos están llamando. ¿Qué respuestas les damos?


































