Repasando muy someramente la historia podemos ver que en una primera etapa de nuestra vida como Nación nos vimos obligados a guerrear con España y por ello los corrimos a sablazos por todos los campos de batalla de América. Obtenido nuestro reconocimiento como Nación independiente, recibimos generosamente a cuantas oleadas de inmigrantes españoles llegaron a nuestras playas. Posteriormente, en la década del 40, cuando el hambre se enseñoreaba de España, les matamos ese hambre regalándoles no una sino varias cosechas de trigo, mientras nosotros comíamos pan de mijo (yo mismo lo he comido). Hoy nos toca ser testigos del trato vejatorio que reciben nuestros compatriotas turistas que intentan ingresar a España en calidad de tales y son expulsados a su llegada a sus aeropuertos mientras nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores mira para otro lado. Ni una intervención consular, ni una enfática protesta, nada. Parecen parias sin patria y nadie levanta la voz. Los argentinos hemos perdido nuestro orgullo de Nación victoriosa en la guerra y generosa en la paz, ya somos considerado un país bananero, y lo peor es que nos lo merecemos por nuestra pasividad. No creo necesaria la respuesta violenta, pero sí pienso que en este estado de cosas es preciso usar la reciprocidad.

































