Bajo la luz del atardecer ella toma mate y sueña. Tiene un libro en la cartera y un silencio en
el fondo de los ojos.
Distraída, se toca el pelo y piensa en lo que ha conseguido. Es mucho, pero lo que le falta
es más: un alma a la que acariciar cuando haga frío.
Ella es así, a su modo sincera. Adolece bellamente y surge como un faro en el mundo oscuro.
Su sex appeal sólo parece inocente: ella es sabia en la graduación de los gestos, experta en
el cruce de miradas, conocedora de toda insinuación y habitué de cada brillo.
El mate se está lavando y también su corazón. Pero aún resiste bajo la lluvia implacable y a
la vez imperceptible de los días, que se van sin avisar, dejando marcas alrededor de la boca.
Si alguna vez llegó el amor, ella no abrió la puerta. Lo confundió y tal vez no sepa ya
reconocerlo en la selva del deseo. Ahora le piden orgasmos, pero no le dan la mano.
Afuera está oscureciendo. Pronto sonará el ringtone del celular o llegará un mensaje de
texto. Se pronunciarán o escribirán las mismas palabras, se programarán viajes, cenas, recitales,
boliches o cines, se harán los mismos gestos, se conversará sobre los mismos temas. Volverá a sonar
el celular. Llegará otro mensaje.
Mientras tanto, el agua se enfrió. Ella se levanta para ir al baño y hace un chiste. Le
contesta una risa apagada.
Más allá de la ventana hay un televisor encendido. Alguien grita gol.


































