Los elementos identificatorios de mausoleos, panteones, nichos, tumbas de los cementerios El Salvador y La Piedad van desapareciendo gradualmente día a día, convirtiendo los predios en un gigantesco osario anónimo. Desde hace largo tiempo, con total libertad e impunidad, amigos de lo ajeno van apoderándose de placas, manijas, adornos y esculturas de bronce, en escala menor, piezas de otros metales y de mármol. Además del significativo ultraje y agravio hacia los difuntos, resulta irrecuperable la pérdida de valiosas obras artísticas. Hablo con conocimiento y fundamento ya que hace unos años integré un equipo de la Facultad de Arquitectura y de Bellas Artes que realizó un profundo relevamiento documental completo de datos y registros fotográficos en el cementerio El Salvador. Son claramente visibles, los rastros de tumbas violentadas y la desaparición gradual de objetos. Resulta incomprensible cuando algún agente de custodia prohíbe sacar fotografías a algún visitante (cosa habitual en cualquier sitio del mundo), en simultaneidad con el constante ingreso y salida de determinadas y dudosas personas sin ningún tipo de restricción o registro. No se requiere la custodia de un granadero por tumba, simplemente "tareas de control e investigación" dentro y fuera de los cementerios. Los controles efectivos también debiesen ocupar los horarios nocturnos. Una vez instalado el demorado control por monitoreado de video resultará una tecnología inútil. Será como custodiar un yacimiento cuyos recursos más valiosos ya fueron extraídos. Para el mantenimiento de los sepulcros se abona regularmente una tasa, no es precisamente una ficha de parquímetro por solar. Mientras el preciado metal sea negocio y escasas las acciones legales de reclamos continuarán los vandalismos y los robos. Los muertos no los causan.






























