Falleció el político que recuperó una manera de hacer política, una filosofía de vida política que parecía enterrada para siempre: la militancia. Con Kirchner la política dejó de ser un negocio, un sistema de compraventa de voluntades, una actividad reñida con la ética, y renació como noble actividad tendiente a mejorar y dignificar la vida del pueblo. No fue fácil su presidencia. En mayo de 2003 la autoridad presidencial estaba deshecha, la anarquía social estaba al acecho y la sociedad había dejado de creer en su clase política. Con coraje y convicción, con audacia y fuerza interior, este genuino animal político hizo lo que ningún otro se hubiera atrevido a hacer: desmantelar el sistema político, social, cultural y económico impuesto a sangre y fuego en 1976 y consolidado durante la década del noventa. Murió un hombre polémico, visceral, ambicioso y perseverante, que despertó amores y odios incondicionales, que jamás admitió los grises. En estos momentos de incertidumbre y desasosiego, la presidenta tiene la obligación moral de continuar la tarea emprendida por su esposo en 2003 y de ejercer la primera magistratura con firmeza, rectitud y decencia. Rezamos para que ello suceda.


































