El ilustre maestro argentino Daniel Barenboim, radicado en Israel, nos ha vuelto a visitar para dejarnos a través de la música un mensaje de paz, amistad e integración, en un ciclo beethoveniano, con un extraordinario concierto a cielo abierto, que nos llenó de alegría y emoción a todos sus compatriotas. En la oportunidad, el gran maestro tuvo una expresión digna de las bondades de su espíritu al manifestar que la música no es para pocos, que no es nada elitista sino que deja en claro su función integradora y vaya si lo es, por cuanto este hombre sencillo transita por la vida esparciendo una actitud permanente de paz y amistad, sin distinción de credos ni de razas, que ha adoptado la doble ciudadanía palestina e Israel y con ese concepto ha formado su orquesta con músicos de ambos países, que como prueba de convivencia había integrado con su amigo Edward Said (palestino) fallecido hace algunos años. Ante tanta crispación, desinteligencia y falta de diálogo que tenemos en los actuales momentos los argentinos, no podríamos encontrar la calma a través de este ejemplo, precisamente en la música, que es el arte de combinar los sonidos de un modo agradable al oído y más aún si adoptáramos la música de Beethoven, cuyas obras estuvieron llenas de sentimientos y de una fuerza de expresión incomparable, digna de imitar. Tal vez habría llegado el momento en que los argentinos tomáramos el ejemplo de Barenboim y como es nuestro representante él está demostrando al mundo cuál es el camino de la paz, la concordia y la integración, lo propusiéramos para el premio Nobel de la paz.



























