Perseguir y balear a un ladrón no es un acto de legítima defensa, sino un crimen
injustificado. Ese principio legal fundó la resolución de un juez penal rosarino que procesó por
homicidio agravado a un custodio por seguir y matar desde un auto a un motociclista, tras el robo
de la batería de un camión en barrio Moderno. Para el magistrado, en el caso quedó expuesto que la
vida del vigilador no estaba en peligro porque la reacción ocurrió en un lugar y un momento
diferentes del robo.
Ese dictamen judicial frente a un caso reciente, el homicidio de Miguel Benítez
en Biedma y Solís, reactualiza el debate sobre los límites de la reacción ante el delito. Los actos
de los “justicieros” suelen generar adhesión de ciertos sectores de la sociedad, pero
lo cierto es que el ataque a la propiedad privada no autoriza a matar. Toda persona tiene derecho a
defenderse, por eso la ley reserva la figura de la legítima defensa. Pero el peligro termina cuando
el ladrón se va.
La resolución fundada en ese enfoque alcanzó a Maximiliano Basile, un changarín
humilde de 35 años que se ganaba algunos pesos como vigilador informal de negocios en la zona de
Presidente Perón y Barra. El juez de Instrucción Jorge Baclini le negó la excarcelación porque está
acusado de un delito con una pena mínima de 10 años y 4 meses de cárcel.
El acto. Basile, a quien le dicen Matute, fue enviado a juicio por perseguir
a dos muchachos que sustrajeron una batería de un camión estacionado en Garay y Barra. El vigilador
y dos empleados de un local de venta de lubricantes salieron en dos autos a buscar a los ladrones.
A diez cuadras de allí, el custodio le disparó a la cabeza a Benítez, un joven de 19 años que
conducía una moto Gilera 110 en la que llevaba a un amigo. No está probado que fueran ellos los
autores del robo.
En la desproporción entre el ataque y la respuesta se cifró la resolución del
caso: para el juez Baclini quedó probado que el peligro había cesado cuando Basile disparó dos
veces un revólver calibre 38 corto. Para que exista legítima defensa, la ley exige que se reaccione
frente a un peligro actual. En este caso, para el juez, “está clara la amplia distancia
témporo espacial entre la supuesta sustracción de la batería y el homicidio”.
Baclini remarcó que “tampoco existe el requisito de racionalidad, nadie
señala que Benítez y su acompañante tuvieran armas de ningún tipo”. La resolución puede ser
apelada.
En la causa quedó acreditado que todo comenzó a las 15.30 del 29 de diciembre
pasado en un lubricentro de avenida Presidente Perón 6218. El hermano del dueño había dejado
estacionado su camión Mercedes Benz 1518 rojo a la vuelta del negocio, sobre calle Garay, mientras
él trabajaba en el acoplado en el frente del local.
En ese momento alguien le avisó que le robaban la batería y vio que se la
llevaban dos jóvenes en una moto. Un empleado del lubricentro vio que los motociclistas se alejaban
hacia el oeste y le hizo señas a Matute para que subiera a su Dodge 1500 negro. Tras ellos salió
otro empleado en un Fiat 147 gris.
Una hora después, en Biedma y Solís, alcanzaron a dos motociclistas y el
conductor del Dodge les gritó que se detuvieran. Entonces ocurrió lo inesperado: el vigilador sacó
un arma y efectuó dos disparos. Un proyectil ingresó por la frente de Benítez, quien vivía a pocas
cuadras de allí con su pareja y su hijo de seis meses. La moto cayó al piso. Su amigo, Mauro L.,
corrió a buscar a los familiares y una ambulancia llegó al lugar, pero el joven ya había
fallecido.
La policía primero pensó que se trataba de un ajuste de cuentas. Pero un llamado
anónimo dio cuenta de la situación iniciada en lubricentro. Matute fue detenido al día siguiente en
su casa de Ñandubay al 1200 bis, donde secuestraron un revólver 38 con la numeración limada.
Luego fue reconocido por el amigo de la víctima. Los dos empleados que lo
acompañaron fueron desvinculados. No se demostró que supieran que Basile llevaba un arma. En cambio
el vigilador fue procesado por homicidio agravado por el uso de arma y la portación ilegal de arma
de guerra, acusado de provocar un resultado más dramático e irremediable que el robo menor que
detonó su reacción.
Drogas. El día del crimen de Miguel Benítez, ante las cámaras de televisión, su
padre responsabilizó por el caso a los vendedores de drogas del barrio. Luego dio detalles en
Tribunales, donde habló de connivencia policial con los narcos. Ahora el juez Jorge Baclini envió
copias de esas declaraciones al juzgado federal en turno para que las investigue.