En estos días, y más en función de la campaña electoral que basada en un diagnóstico responsable, los candidatos hacen cola para hablar de la inseguridad. Negarla sería necio, pero a decir verdad felizmente ni Rosario ni el país son México DF. Lo que más me preocupa es que no se midan los efectos que esas declaraciones causan en la población, y más aún en quienes portan armas. Para ser más gráfica relato lo que le pasó a mi hijo de 16 años, el sábado pasado cerca del mediodía en la zona sur, donde vivimos. Salió de mi casa acompañado con un amigo de su misma edad para comprar pan. De golpe, un patrullero los detuvo en forma violenta. En plena calle comenzaron a preguntarles dónde vivían, de dónde venían. Tuvimos la suerte que un buen vecino vio la escena y salió en su defensa. Buscaban dos presuntos "choritos" --como les dijeron-- "que andaban por el barrio". Mi hijo es morocho, de ojos grandes y negros. No le importa mucho cómo vestirse, al menos a esa hora que para él es casi la madrugada. Por lo general anda orgulloso con su camiseta de Central. Quizás esa portación de piel y ropa sea la causa que llevó a la policía a convertirlo en un potencial delincuente. El susto no se los quita nadie a estos pibes. Pero pregunto, ¿qué hubiera pasado si algún envalentonado (policía o no) sacaba un arma? Por si hiciera falta, les expreso a todos los candidatos: "Ningún pibe nace choro". La falta de educación, salud, vivienda y oportunidades culturales se traducen en violencias cotidianas. Entonces, admitan que, si bien mucho se ha hecho, hay más por hacer aquí, en lugar de hablar ligeramente de inseguridad.


































