A Emanuel no le tocó una vida fácil, cargar con una enfermedad "poco frecuente" con la que es muy difícil convivir hizo que muchos de sus días fueran muy diferentes a los de los chicos "normales", muchos de sus dias han sido grises, oscuros, tristes y en soledad. Para chicos o adultos como él, que llevan consigo una pesada, muy pesada mochila debido a alguna complicación grave de salud no es fácil encontrar escuelas, clubes, espacios en donde puedan hacer algo que aman, que los hace felices sintiéndose verdaderamente incluidos, en donde puedan sentir que son uno mas, sentir que no son marginados, segregados, mirados como bichos raros; en donde no tienen un "horario especial" o un "grupo especial" para chicos como ellos. Puede parecer una nimiedad y sin embargo no lo es. Y si a esta felicidad que les enciende la mirada y les dibuja una sonrisa por poder hacer "lo que más les gusta" le agregamos la posibilidad de llevar en paralelo alguna de las terapias de rehabilitación que les permite una calidad de vida mejor es como hablar de la gloria misma. Todo eso y más es Adeir (Asociación de Equitación Integral Rosario). Eso es lo que se ha conseguido en estos cuatro años de estar en el predio del ex Batallón 121, que un gran número de personas (niños y adultos) encontrarán un lugar en donde sentirse respetados, amados, contenidos, ayudados, y felices. Me siento muy triste, muy dolida, decepcionada, defraudada, agobiada, tengo los dedos cansados de tanto escribir a tanta gente, tengo los ojos ardidos de llorar cada tanto, pero por sobre todo tengo el corazón apretado por sentir que se los ignora, que no se valora el trabajo, el esfuerzo, el proyecto que podría seguir creciendo y ayudando a tantos otros. Miro a los políticos en la tele, los escucho por radio llenarse la boca con promesas, con la gran angustia que sienten por la realidad, con fantásticos planes para un futuro mejor para todos, ¿y ellos? ¿no son parte de ese "todos"? ¿A quién creerle? ¿En quién confiar? Si después, siempre es lo mismo, siempre es igual, siempre se olvidan de las promesas, de los planes, de los proyectos. Lo miro a Emanuel y los veo a todos los que a diario concurren al ex Batallón, los miro como se transforman con sólo llegar, cómo la pesada carga que llevan todos los días, cada día queda atrás. Les veo sus caras cuando suben a los caballos, cuando los equipos terapéuticos acompañan a cada uno de los chicos, y no puedo creer que no haya un solo político dispuesto y decidido a poner el cuerpo en defensa de este lugar, de este trabajo, de este "pequeño paraíso". Lo real, lo verdadero está en sus ojos, en sus sonrisas, en sus ganas, en su felicidad, todo lo demás es estático, frío, distante, tal cual se muestra en los afiches que a diario vemos por todas las calles de esta ciudad.


























