Algún discapacitado dijo alguna vez "nos ayudamos unos a otros, yo con mi mano izquierda, otro con la derecha, otro con sus dos piernas. Cada uno pone lo que tiene", dándonos una palabra de aliento. Poniendo algo en común, todos: corazón y esfuerzos. Todos luchando por lo mismo, todos esperanzados en los logros de cada uno y del grupo. Un ejemplo vale más que mil palabras. Una vida de un discapacitado es un espejo en el que otro puede mirarse, valorarse y superarse. Los amigos son otro importante eslabón de la cadena que intenta reintegrar al discapacitado a la comunidad. Realmente no puedo entender el caso de este muchacho discapacitado de 35 años que estuvo aislado y dependiendo de la madre, encerrado en una pieza. ¿Negligencia de la madre?, ¿vergüenza? Quizás ambas, pero innegable e imperdonable la falta de educación, asistencia y contención de un Estado ausente de políticas preventivas, de información y educación familiar. Quizás algunos los niegan, otros movidos por la "lástima", ya que los discapacitados no entran en los patrones de "normalidad" que la sociedad inventó. Ellos reclaman ser protagonistas, un lugar donde se los reconozca y valore por sus capacidades. Los cactus son plantas de mucha utilidad y con flores de extraordinaria belleza, tan sólo por sus púas se los rechaza y hasta se han creado mitos de mala suerte. Las orugas se transforman en multicolores mariposas; cuando no "encasillemos" y sepamos reconocer y valorar la belleza de la evolución, desterraremos la palabra discriminación.
































