En dos cartas publicadas en la semana que pasó había buenas noticias. Rescataban la actitud de dos personas que habían sido honestas. Esto, que debería ser normal, ha pasado a ser una excepción. Pero bienvenidas esas noticias. Se me ocurrió que, si todos comentamos, lo bueno que vemos cada día, en vez de llenarnos de tristeza y angustia, podremos demostrar a los desesperanzados que todavía hay buena gente y muy probablemente sean más los buenos que los malos. Aporto mi granito de arena. Fui dos veces a visitar a Milagros al Vilela. La primera vez no me habló. Sólo me dijo sí y no con su cabecita. Sólo prestaba atención a los comestibles que tenía a mano: galletitas, chocolatines, caramelos. Y los comía sin parar. Le pregunté si quería juguetes. Me dijo que no. Quería facturas y fruta. Había al lado de su cama una joven mamá que había llevado a su chiquito de unos 5 años para que jugara con la nena. Y Mili le sonreía. Al chiquito solamente. Gracias mamá generosa que le diste tu tiempo y le prestaste tu hijito por un rato. Ayer, volví y al lado de la cama de una Milagros ya sonriente estaba sentada una señora. Común y corriente. Como ustedes, como yo. Le pregunté si era familiar y me dijo que no. Conversamos mientras la chiquita jugaba con una mochila de Princesa que alguien le había regalado y que la maravillaba porque era igual a la que salía en la TV. Me contó todo lo que sabía sobre la nena y el estado de la causa que deberá cobijarla de ahora en más. "Me llamo Julia", me dijo y se interesó por un hogarcito que conozco y del que le conté algunas cosas. Le di mi nombre y espero verla otra vez. Cruzármela al azar. ¿Cuántas Julias habrá y no salen en el diario? Gracias Julia. Conocer gente como vos vale la pena.





































