Me permito unas líneas para expresar el sentir de estos 25 jóvenes años de democracia. Aquellos que sellaron el rumbo de nuestra Nación para siempre. Aquellos que afirmaron con vehemencia el "nunca más". Al ver en los medios los retratos de los ochenta, a muchos se nos cayó un lagrimón, no pudimos ocultar nuestra emoción. Y allí estamos nosotros, los de cuarenta y tantos, los que adolecimos el proceso, los confusos hinchas del 78, los pródigos hijos de la democracia, los que admirábamos la valentía y el desparpajo de los setenta. Tengo la impresión de que esa década fue el último vestigio de una generación peleadora, que pretendía un cambio insondable y quijotesco, cándido tal vez, pero puro en su esencia. Hoy somos padres de hijos nacidos en la tercera década infame. Los noventa abatieron el compromiso, el brío, la lucha, los ideales y los canjearon por viajes al Caribe, por moneda espuria, por el uno a uno. Sobre esta sufrida descendencia pesa una triste y nueva herencia, tal vez más pesada que la que nos dejaron nuestros antecesores castrenses. Naufragamos con restos de un sistema educativo destrozado, de una sociedad consumida por la tecnología, de una cultura vulgarizada en el más puro sentido del vocablo. Ejemplos sobran: parece que no pasó nada en los noventa, nada con la música, nada con el cine, ni el teatro, todo remite atrás, a los dorados ochenta, tal vez el último despojo del menemismo fue terminar con los sueños de nuestra cultura, anestesiar el pesar y sentir de una generación, la de nuestros hijos. Sin embargo, la dignidad de nuestra raza humana no nos permite doblegarnos. Hoy una nueva expectativa despierta, recupera lentamente protagonismo. Está muy socavada, viene de años de somnolencia, pero está. Hay que dejarla crear, quiere poner la tecnología al servicio de la transformación social, quiere volver a hablar de "los sueños de la cultura". Allí están ellos, tratando de levantarse, de resurgir, de inventar algo distinto, de escapar al sistema. Son los caminantes de De Certau, son los nietos de la democracia, son nuestros hijos y aunque un tanto hostigados por el inconsciente colectivo, confiesan que "de nada sirve escaparse de uno mismo"·. Ahí están los nietos de la democracia, ajusticiando genocidas, reafirmando con solvencia que una Nación que olvida su historia está condenado a repetir los errores. Ahí están ellos, poniendo las cosas en su lugar (y no la casa en orden), nosotros acompañamos, como repetía una popular obra local de los ochenta, aquí estamos "nosotros, los de entonces".


































