El hombre en su inmensa estupidez está atacando su hábitat, desde muchos ámbitos y desde mucho tiempo atrás. Y la madre tierra le está respondiendo alterada, enojada. Por ahora con algunos amagos bastante cruentos, que podrían servir de muestra para que el hombre "comprendiera" que no es eterno, que los placeres terrenales duran lo que dura su corta vida. Cuando viene un inesperado alud arrasa con el que encuentra sin preguntarle cuánta plata tiene. O cuando se instala una enfermedad no mira el rostro del sufriente. "La naturaleza es sabia", escuchábamos cuando éramos niños. En cambio seres humanos sabios hay muy pocos entre los que habitamos este planeta. Y aparentemente ninguno entre los que tienen el poder de decisión. Es probable que aquellos cegados por la ambición incomprensible sean los organizadores de esta debacle del planeta. Y nosotros, los hombres y mujeres comunes, no somos geólogos ni científicos, pero si comprendemos impotentes el enojo de la madre tierra, de los mares, de todos los suelos. ¿Y porqué impotentes? ¿Es que solamente la observación, el padecimiento resignado y la ayuda solidaria después de la catástrofe, es lo que nos queda? Parece que no aprendimos de aquel viejo cacique toronte que como tantos otros, allá por el mil setecientos dijera: "El hombre, los animales, la tierra, los árboles, las nubes, los ríos, los mares somos todos hermanos. Todo nos ha sido prestado para que tomemos de ellos lo que necesitamos, nada más. El "huinca" arrebata lo que no usará, aniquila lo que no debe morir, profana lo sagrado. Terminará destruyendo el mundo y asimismo". Por entonces no existían "cartas de lectores", aún así sus palabras nos llegan. No las desperdiciemos.































