La carta de lectores de Raúl Miguel Ghione, titulada "Las cosas son como son", publicada el pasado 12 del corriente, amerita una respuesta en sus propios términos. Las declaraciones del padre Ignacio sobre la homosexualidad han provocado defensas irrisorias, aunque también violentamente homofóbicas. Sin duda sus defensores no han hecho ni la milésima parte del bien que los detractados "activistas homo" hemos hecho por la ampliación de derechos y reconocimiento de ciudadanía, por la democratización de la democracia, por el acotamiento de la injerencia de los poderes autoritarios y fundamentalistas sobre las libertades de la población. Sobran las razones para desfavorecer la homofobia con independencia de la "ideología de género". En primer lugar constituye un anacronismo retardatario, ya que la sociedad va demostrando una mayor aceptación de la diversidad sexual y su necesario reconocimiento, ante la decreciente legitimidad de los argumentos homofóbicos. La discriminación por razones de género y orientación sexual atenta contra las libertades individuales y el principio de igualdad, y por ende, atenta contra la democracia. Por lo expuesto las posturas de los activistas antiderechos de desacreditar las objeciones hacia esa práctica por razones de "lobby gay" o "ideología de género" son erradas y oscurecen el debate. Entonces, la homofobia es una patología, no en su sentido biomédico, sino en tanto enfermedad social, en tanto práctica que enferma, que produce padecimiento, que niega la salud, y en casos como en el de Natalia Gaitán en Córdoba, o más recientemente Daniel Zamudio en Chile, provoca la muerte por crímenes de odio. En la división de tareas de la violencia homofóbica, algunos argumentan desde sus altares, otros con cartas de lectores, y otros con puños y gatillos. La fuente de la homofobia es una patriarcal y machista, que establece que "las cosas son como son", que varones y mujeres heterosexuales están destinados a reproducir la prole por mandato divino y orden natural, y quien no acata esta misión, sea la causa que sea, es mera desviación contaminante. Hay quienes afirman que esta estrechez mental y carencia de sensibilidad empática se puede curar o corregir. De cualquier manera es inaceptable que algunos homofóbicos se pavoneen de su condición, enfermedad o vicio o que pretendan equipararse éticamente con "el activismo homo", y que la sociedad y sus instituciones permanezcan indiferentes al respecto. La libertad de expresión colisiona contra sus propios principios democráticos cuando fomenta la discriminación y la violencia. Muchos activistas antiderechos son agresivos e intolerantes, además de groseramente hipócritas. Y aquí recordemos los "excesos" producidos en diversas declaraciones y prácticas que realizan los homofóbicos partidarios de la heterosexualidad obligatoria, la maternidad forzada y otras yerbas, cuando en nombre de lo que consideran "natural" y "normal" (que nunca es objetivo, y siempre es ideológico) condenan a una parte de la sociedad, sea cual sea su representación cuantitativa, a vivir en condiciones de miedo, culpa, vergüenza, violencia y carencia de derechos, o inclusive a morir en el intento. Por Natalia Pepa Gaitán, por Daniel Zamudio. Las cosas no son así. Están así, y vamos a cambiarlas.
































