Parece mentira que los argentinos nos preocupemos por tantas cosas, menos porque la gente no se muera de hambre. Discutimos por la ley de medios, por los derechos humanos o por la inseguridad, pero nadie se preocupa por aquellos que tienen que vivir de forma miserable, no ya con lo mínimo indispensable, sino prácticamente con nada. Todo parece ser una ilusión, como si estuviésemos en un sueño del cual algún día despertaremos. Mientras, nosotros seguimos padeciendo todos los problemas imaginables e inimaginables, por tener que vivir en este bendito país, que ya de por sí no es una tarea fácil. Porque según parece todo puede suceder, incluido que las estaciones de servicio cierren, los negocios sean cada día menos y tal vez con una nueva ley que estaría dentro de poco aplicándose con el correr de unos años, hasta las radios y emisoras también tendrían que cerrar. Muchos buenos ciudadanos tienen que contemplar al abrir la puerta de sus casas, que hombres y mujeres revisen minuciosamente el contenedor de la basura de la esquina o que los niños pidiendo en las ochavas sean cada día más. Como las bicicletas que salen temprano para ir al trabajo. Pero como todo esto es irreal y lo que vemos no son más que sombras que pasan por delante, no hay nada de qué preocuparse. Hasta podríamos calmar nuestra conciencia como la señora que al verlos se les adelanta y les ofrece ropa usada que ya no le sirve. O quizás como el señor que gana millones al año y desprendido le entrega dos pesos diciéndole muy cortésmente: “tome amigo”. Para nuestros gobernantes y políticos ellos no existen, no están contemplados en ninguna lista, ni en los planes, ni en el futuro. Salvo en el de jefes y jefas de familia, en los cuales por unos miserables pesos pretenden hacerlos trabajar y así de paso bajan el índice de desempleo. Cada tanto la plaza San Martín en Rosario, se puebla de unas quinientas personas que acampan frente a la casa de gobierno pidiendo lastimosamente que mejoren su situación paupérrima. Lamentablemente, donde debería haber solidaridad, nosotros solo pensamos que ensucian, roban, y destruyen la plaza o el césped, mientras que sus dirigentes se llenan los bolsillos recibiendo jugosas sumas de dinero para que se retiren. Aunque lo único que esta gente está solicitando no es solo ayuda económica, sino que reconozcamos que existen, que tienen familias, chicos y hambre. Pero no sólo de comida o ropa, sino también de reconocimiento, de afecto y de un poco de solidaridad humana, ya que al fin y al cabo no era eso lo que hacía Jesús. También sería bueno recordar aquellas palabras de Ghandi, cuando decía: “El mundo da para saciar el hambre de todos, pero no para satisfacer la ambición de todos”.
Carlos E. Bonilla
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