En su carta del pasado 18 de febrero, Maximiliano Leo señala el serio peligro que corren los humedales del Alto Delta del Paraná. Argentina tiene algunos de los humedales más grandes del mundo. No obstante, salvo algunas disposiciones que preservan ecosistemas húmedos, la mayor parte carecen de protección. Se consideran humedales a las extensiones de marismas, pantanos y tuberas, las superficies cubiertas de aguas, sean de régimen natural o artificial, permanentes o temporales, estancadas o corrientes, dulces o saladas, incluidas las aguas marinas cuya profundidad de marea baja no exceda de seis metros. Los humedales funcionan como esponjas, ya que el agua se acumula o circula más lentamente dentro de ellos y su liberación es también más lenta, logrando, entre otros efectos, regulación de inundaciones (una hectárea de humedal retiene 12.000 m3 de agua crecida) y sequías. Manutención de la calidad de agua a través de la retención de sedimentos y nutrientes y la remoción de tóxicos. Bajo ciertas condiciones (acidez, falta de oxígeno o nutrientes o bajas temperaturas) la materia orgánica de los humedales se descompone parcialmente y se acumula en el suelo, quedando así retenida una gran cantidad de carbono importante con relación al calentamiento global. Los humedales estabilizan el clima. Son una reserva de agua y el hábitat de una rica diversidad de especies silvestres, algunas seriamente amenazadas. También es objeto de turismo y recreación: 350.000 visitantes por año acuden a un complejo de humedales de 40 hectáreas en Londres, Inglaterra. La progresiva invasión en los humedales y su desaparición constituyen un daño ambiental muy grave y muchas veces irreparable.































