Una carta publicada días atrás, titulada "La salida está en Dios", hablaba de la necesidad de volver la vista a Dios para encontrar la solución a todos los problemas que aquejan a la humanidad. Más allá de la indudable buena intención manifiesta en dicha misiva, me resulta absolutamente cuestionable tal propuesta. Por el contrario, creo que esa elevada e infructuosa mirada no ha hecho otra cosa que desenfocarnos de la realidad cotidiana, impidiendo ver a través de nuestros propios ojos la realidad concreta que nos toca vivir y actuar en consecuencia sin más valores seudomorales que aquellos pragmáticos preceptos que promuevan la convivencia, la tolerancia y el respeto mutuo entre las personas, en constante búsqueda del bien común. Sin entrar en estériles debates filosóficos, la historia misma nos muestra las atrocidades cometidas por los hombres en aras de esa mística búsqueda, atrocidades tan vigentes aún en nuestros días, lamentablemente. Otro dato a tener en cuenta es que, según las estadísticas, aproximadamente el 80% de la población mundial adhiere a la creencia de algún tipo de deidad a la que aferrarse. Por lo que se debe inferir que si después de miles de años de historia y de miles de millones de personas buscando acercarse a ese dios, nos va como nos va, evidentemente algo anda mal o nadie encuentra el camino. Por ello, sostengo firmemente y sin necesidad de que nadie renuncie a creer lo que quiera creer, que el verdadero camino para mejorar es buscar en los hombres las soluciones a los problemas que los hombres han generado. Encauzando esa mirada hacia el prójimo antes que en etéreas manifestaciones espirituales, obtendremos seguramente rápidas respuestas favoreciendo una fluida comunicación que nos hará progresar humanitariamente.

































