Trato de averiguar, con cierta insistencia, qué será de todos nosotros, los que deseamos cierto equilibrio, comprensión, gestos altruistas y un tanto de solidaridad. Los que necesitamos la verdad despojada de intereses partidarios, de egoísmos y constantes agresiones de un lado y del otro, los que cada día amanecemos de la misma manera, con iguales sensaciones, presiones que nos ahogan el ánimo, preocupaciones atroces, desconfianza y descontento, dudas y miedo, ese miedo que se convierte en terror al comprobar que poco a poco nos convertimos en víctimas de un sistema que no elegimos. ¿Para qué las elecciones, por qué la sucesión de candidatos (a los que pocos escuchan), los innumerables proyectos que sólo quedan en el imaginario colectivo, los discursos atractivos para algunos y las disputas políticas tediosas y "de conventillo", con propuestas mentirosas y fantasiosas? ¿Dónde está el que nos respete como lo que realmente somos, ya no como ciudadanos (que es mucho pedir) sino como sujetos y no como simples objetos a los que se manejan y se ponen en el lugar que más les convenga cuando de la mano del llamado poder se adueñan con osadía de nuestras decisiones y derechos? Preguntas sin respuestas y una sensación de orfandad inmensa al comprobar que a pesar de nuestro esfuerzo por entender tanto descontrol nos transformamos en monigotes de algunos pocos, mientras que terminado tanto revuelo eleccionario nos descartan para finalmente erigirse en redentores y salvavidas, cuando en realidad no son más que ejecutores de sus propias ambiciones. Amo la democracia, con sus errores y aciertos, y el derecho a elegir es un homenaje que nos merecemos, pero también es un deber que no se debe pasar por alto. Lástima grande que la mayoría de nosotros somos plenamente conscientes de nuestro compromiso porque nuestra única intención es alcanzar bienestar, tranquilidad, seguridad y confianza en los que nos gobiernan y en las instituciones, pero sentimos el engaño al poco tiempo comprobando que tantas promesas fueron un cuento de colores. Desde mi lugar, como una ciudadana común que paga sus impuestos, que obedece con lo establecido al pie de la letra, que no se acobarda ante las inclemencias, que padece y que, a pesar de tanta indiferencia, mantiene inalterable el sentido de Patria, les pido con el poco entusiasmo que aún me queda: ¡Por favor, no nos mientan más!


































