“Son un fenómeno cultural”, dicen los organizadores del mundial, al asegurar que no
prohibirán a esas ensordecedoras cornetas. Las quejas de jugadores, público, vendedores ambulantes
y canales que televisan ya no podrán callar al molesto zumbido. Sobre el origen de las vuvuzelas,
al venderla, algunos aseguran que producen un sonido semejante al ancestral soplar de cuernos del
kudu, una especie de antílope sudafricano de gran cornamenta.
También dicen que “vuvu”, en zulú significa “hacer ruido” y que eran
utilizadas en ancestrales ceremonias. En la actualidad, los sudafricanos explican que “con su
sonar parecemos estar todos unidos en una sola voz”.
En los años 90, un pícaro se avivó al ver que los hinchas usaban cuernos para alentar a los
suyos en las canchas. Entonces, empezaron a fabricar vuvuzelas de plástico. Ahora, en el mundial
esperan recaudar cerca de dos millones de euros.
Las importadas de China valen unos 20 rand (2,6 dólares). Las producidas en Sudáfrica cuestan 60
rand, pero son más parecidas a los cuernos y tienen boquillas que no dejarán tantos labios
partidos. Por suerte, a los niños se le complica hacerlas sonar.
En 2009, durante la Copa Fifa Confederaciones 2009, se había pedido a los de Blatter que las
eliminaran por molesta, pero no hubo caso.
Pero ya no faltaron otros pícaros que promocionan un “Filtro Antivuvuzelas”. En el
sitio antivuvuzelafilter.com, la filantrópica firma indica: “Descargue nuestro filtro y
diseño para eliminar el ruido de las vuvuzelas en su equipo de música, ordenador, iPod,
iPhone”.
En tanto, no faltan científicos que alertan sobre un brote de una epidemia de gripe producido
por la circulación masiva de gérmenes en el aire. Otros expertos señalan que en el partido
inaugural, entre Sudáfrica y México, el tronar de vuvuzelas alcanzó los 135 decibeles, superior a
los 130 que produce un avión al despegar y a los 120 que resiste el hombre sin padecer afecciones
auditivas.
Por su parte, periodistas mexicanos revelan un complot. Aseguran que ante Sudáfrica un azteca
que estaba en posición de gol pidió la redonda a un compañero. Pero las vuvuzelas no dejaron oír el
reclamo por la asistencia y el portador decidió patear al arco, con escasa fortuna.
Está feo impedir que lleven esas trompetas a los estadios, pero se podría llegar a acuerdos para
que se usen respetando también el fenómeno cultural de la mayoría de los futbolistas. Habría que
aconsejar utilizarlas como todo lo que se lleva a una cancha: tirarlas a los contrarios, quemarlas,
esgrimirlas contra otros del público o escupir a distancia, tras lo cual se procede a cantar,
gritar e insultar como corresponde en esta disciplina.
Mañana, Figurita 17: El cuarto árbitro