Sé de lo que hablo porque la he probado. No me gusta que el corazón se me acelere a velocidad de ametralladora. No me gusta soltar tonterías a velocidad no ya de ametralladora sino de misil nuclear. Y sobre todo, no me gusta el bajón del día siguiente, cuando desciendes tan bajo como alto subiste el día anterior, cuando te acuerdas de tus pensamientos más deprimentes, y cuando, desde el fondo del hondo pozo de tu miseria, una voz apremiante te reclama más. Más cocaína para salir de eso. Los cocainómanos no son agradables. Y sé de lo que hablo porque los he aguantado. No me gustan sus delirios de grandeza, ni su falsa alegría festiva. No me gusta su falsa generosidad que se limita a invitarte a copas y rayas, pero que no pueden concederte tiempo ni atención. No me gusta su agresividad, ni sus gritos, ni sus llamadas a altas horas de la noche. La cocaína es una de las drogas más poderosas. Su efecto neurológico, el cual logra multiplicar la cantidad natural de moléculas existentes en nuestro cerebro, logra en algunos minutos aportar una sensación de seguridad, una expresión desinhibida y un torrente de pensamientos plenos de certeza. El consumidor está enceguecido por su propio orgullo, por el aplomo certero de sus frases: lo que el otro pudiere decirle ya no le toca, es ahora el prisionero de sus propias certezas. Sean conscientes a la hora de decidir. Eviten buscar placeres que acarrearan un dolor mayor que el placer mismo. Los hombres olvidan siempre que la felicidad humana es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias. “La verdadera felicidad consiste en alcanzar la realización personal en circunstancias donde otros optarían por la locura”.






























