El doctor Raúl Alfonsín murió como consecuencia de un cáncer terminal. Según ha sido informado fue una muerte digna, acompañado de sus seres queridos, con atención médica especializada, en su domicilio. Nos produce una gran satisfacción saber que transitó esta última etapa de su vida con el decoro que él merecía. Pero debemos realizarnos una pregunta: ¿morir con la atención especializada necesaria, junto a la familia y en el domicilio luego de una enfermedad crónica y progresiva es la excepción o la regla? Lamentablemente, es la excepción y uno de los motivos principales es que el sistema de salud, en general, no se ha preparado para brindar un cuidado integral al paciente y a su familia en la etapa final de la enfermedad. Las estadísticas nos informan que más de la mitad de la población muere por enfermedad crónica y avanzada. Y a pesar de que la internación domiciliaria con cuidado paliativo especializado se encuentra incluida entre las prestaciones básicas esenciales que deben brindar obligatoriamente a sus afiliados los agentes del seguro de salud, según consta en el Programa Médico Obligatorio de emergencia, resolución 201/2002 del Ministerio de Salud de la Nación, esta atención muy rara vez se brinda. Alfonsín vivió y murió dignamente. Y no debería ser la excepción, sino otro ejemplo más del líder político. Todas los seres humanos por el hecho de ser personas tenemos dignidad. Y por los principios bioéticos de equidad y justicia deberíamos ser merecedores del mejor cuidado, en nuestro domicilio cuando sea posible, si nos toca padecer una enfermedad terminal.

































