Se debe hacer lo que es correcto siempre y sin alardear nunca, pero mi caso del 24 de febrero de 2012 es muy particular. Al mediodía, desde la ventana del kiosco que atiendo desde hace 33 años, veo sobre la vereda de enfrente, a la puerta de una casa abandonada, ¿una maceta con una planta de marihuana? Me acerqué y lo pude comprobar. Era sin dudas una planta de marihuana, las conozco. La traje a mi casa, mojé con abundante agua la tierra de la maceta, la arranqué y la destruí con fuego. Mi deber ciudadano hubiera sido llamar a la policía que se ocupa de estupefacientes y previene el delito de narcotráfico. Pero aún confiando en la institución policial, pensé: ¿y si se la entrego a un oficial o agente que en vez de destruirla e investigar este rastro para ver de dónde viene esto, por su cuenta o en complicidad con otros, la revende en el mercado negro de las drogas, habida cuenta de que esto tienta porque da dinero fácil? (Hasta una jueza de esta provincia tiene sus dudas). Como no conozco a todos los agentes del orden ni a los traficantes, opté por destruirla inmediatamente para asegurarme de que por lo menos por esta vez pude detener aunque sea el tráfico de una planta. No he salvado al mundo ni al país ni a mi barrio, pero, pienso que evité un mal.






























