Un viejo miraba desde lejos el televisor, le brillaban los ojos y comentaba con su compañero de mesa: “A veces se cae todo, Tomás. Se cae y nada más. Las gracias, las ganas, la historia, se hacen escombros y no tenemos ni a quién putear”. De entre los cascotes y los empapelados viejos, los muebles de intimidades desnudas y los pedazos de personas y almas revoleadas por la explosión, salían lamentos y algunas mascotas sobrevivientes aullaban su incertidumbre. Era el blanco total, la nada que deja el espanto, la ausencia de lo que llamábamos lógica hasta ese mismo, exacto, inalterable instante que rompió todo. Son los extremos, la “ocasión humana”, como dijo un socorrista espontáneo que vi luego en la TV. Esos momentos de horror, de parálisis, son los que uno tiene para decidir -incluso de pura intuición- quién quiere ser o qué es. Mario la yugaba entre el tránsito rosarino, un viaje, dos viajes, poniendo el reloj y esperando distancias largas. Lo imagino oyendo la radio, compañera del volante cuando se hace cansador. Hasta que por las ventanillas, los oídos y la entera ciudad, entró en escena el absurdo. La explosión a unas cuadras, el temblor. Lo que llamábamos lógica se desvaneció quizá entre su mismo sobresalto, y a la inversa del reflejo que nadie le hubiera podido cuestionar aceleró hacia el ruido. Muy poquitos minutos después estaba colgado de los cables deshilachados de los aparatos hinchados o aplastados de aire acondicionado, la carcaza podrida como una fruta del edificio de la calle Salta, yendo a sacar del grito a una mamá. Primero bajó al bebé. Después a la chica. Siguió. Gritó, ordenó, se encontró con otros locos como él. Un soldado se le puso a la par y se juramentaron como en la última trinchera. Cambiaron nombres, reconociéndose en esa sombra de desgracia que oscurecía toda la escena y que podría apagarlos a ellos también, con cualquier losa que terminara de ceder, con cualquier cable que dijera basta. El piso no era el piso y los techos servían de apoyo, trepando entre los artefactos luminosos de un living dado vuelta. Y no pararon, ni él ni su compañero, se encomendaron al padre Ignacio, ese tipo que una vez lo había reflotado de un accidente automovilístico de hierros retorcidos y milagro merodeando, ese que le había dicho “tranquilo, vos no tenés que estar acá”. Algo habrá visto el padre y acá entra a la cancha la fe, porque unos años después, en otro “acá”, el tipo estaba donde tenía que estar, donde decidió estar para que todos y él mismo sepamos quién es. Sacó a dos personas más. Dos ancianas. De lo que llego a conocer, una de ellas se le encomendó también, pero esta vez a él, que entraba por un rato a la galería de sus propios santos sin saberlo. Que elegía ser más que sí mismo. Que elegía, en todo caso, que si no se jugaba la vida, la vida no vale un carajo. Que está para usarla. Dos días después lo estoy viendo en la tele. El tipo tiembla. El tipo llora. Es más grande que él mismo. Y ni siquiera se hace cargo. Asume, sí, que un poco loco hay que estar. Que realmente no lo había pensado tanto. Yo lo escucho y asumo, también, que no. Que para ser humano no hay que pensárselo tanto. Estuvieron también los que se pusieron en marcha con las donaciones, los clubes de la ciudad cediendo sus instalaciones para albergar a las víctimas, las cadenas de brazos para alcanzar agua, para dar voces tratando de oír a los sobrevivientes, y todas esas cosas buenas que la gente hace como puede cuando le sale del corazón, en respuesta al aprendizaje que implica vivir en un país que padece una parálisis institucional patológica para reaccionar ante las desgracias. Otros, unos tipos bien distintos, ante la misma situación también decidieron. Organizaron colectas, recibieron donaciones. Y se dedicaban a venderlas, cuando no a lisa y llanamente asaltar a los donantes. Para esos, la calificación y el orden filiatorio que les cabe, se lo dejo a usted que está leyendo. Prefiero quedarme con la expresión del soldado que ayudó a Mario, que estuvo ahí a la par, con esa misma reacción de locos de ir hacia el fuego. Cuando habló con la prensa, comentando lo sucedido, dijo que él, Mario y los otros que intervinieron, los bomberos, los espontáneos, habían reaccionado a “la ocasión humana”. Es una gran palabra, “ocasión”. La “ocasión” sucede, ocurre, simplemente. Está ahí, y ahí está uno. Decide. Los mejores, deciden ser humanos. Les estaremos siempre agradecidos. Ojalá les podamos devolver un poco.
Angel Omar Pérez
DNI 29.950.714
La aplastante derrota del kirchnerismo en las Paso, que debe ser ratificada en octubre, demuestra con claridad el nivel de hastío de la mayoría del pueblo argentino contra la desaforada corrupción del Gobierno nacional. El pueblo ya lo había insinuado en varias oportunidades y le llegó el momento de decir basta. El gran conurbano de Buenos Aires que fue voto cautivo del kirchnerismo a través de subsidios y prebendas también le dijo no a la presidente. En su discurso, después de la derrota, la señora presidente, no supo aprovechar la oportunidad de demostrar que hubo gruesos errores que provocaron esta derrota; por el contrario, en una actitud soberbia y en forma cínica y burlona y con gruesas mentiras desconoció la derrota y más aún, en forma indirecta despreció a los triunfadores y a aquellos que no la votaron, y peor aún, dijo que “vamos con todo de ahora en adelante”. No sabemos hasta dónde llegará este odio para todos los que se oponen, pero su derrotero político ya está por finalizar, sólo esperar, y Dios quiere que no, que no deje un camino minado.
Juan Carlos Bressan
La sensación de inseguridad
Otra vez la maldita sensación de inseguridad que se nutre diariamente de sangre de inocentes, como si la muerte fuera sistemáticamente previsible. A quién le tocará mañana tan fatal destino, a mí, a mis hijos, a mis amigos, a mis semejantes. Decisión en manos de inadaptados sociales y criminales, que la propia Justicia siempre justifica para liberarlos en pocos días y vuelven a matar. Hace unos días le tocó a los médicos bolivianos que vinieron a nuestro país a ponerse al servicio de la salud. Emilio operando gente para mejorar la calidad de vida de las personas, en su carácter de cirujano, su esposa Ingrid, obstetra o sea ambos comprometidos con la vida. En cualquier escaramuza de estas características dónde se intercambian disparos siempre existe el riesgo de herir terceros o a las propias víctimas. Obvio que deberá la Justicia determinar de dónde salieron los proyectiles. Pero si no cambiamos las leyes con penas más duras esto seguirá siendo el reino del terror. Días pasados le dispararon a una embarazada, quieren determinar si el bebé murió por efectos del disparo o no (vivió dos horas), eso determinará el grado de culpabilidad del delincuente, es increíble, no vaya a ser que la responsabilidad haya sido de la embarazada por estar en ese lugar.
Roberto Sánchez
Al hospital Centenario
Los familiares y amigos de Iván Mandingorra, oriundo de San José de la Esquina, queremos agradecer la impecable atención médica recibida por el equipo de oftalmólogos del Hospital Centenario de Rosario. El sábado 10 de agosto, Iván fue derivado de urgencia a Rosario por una agresión con vidrio cortante que recibió en uno de sus ojos encontrándose en una disco de la localidad de Arequito. El diagnóstico que recibimos de los médicos fue una grave lesión en el globo ocular izquierdo con pérdida del líquido gelatinoso y con pronóstico reservado. Se realizó ese mismo día una cirugía que duró tres horas con exitosos resultados pues los médicos salvaron el globo ocular, lo que consideraron como su primer objetivo. Iván sigue su tratamiento con el equipo tratante, lo que incluye una segunda intervención quirúrgica de menor riesgo dentro de unos días. Reciban nuestro mayor reconocimiento estos médicos luchadores por la salud de sus pacientes, que saben ponerle el cuerpo al acto médico en tanto están urgidos por un deseo de curar a sus pacientes. Agradecemos al doctor Ignacio Racedo Aragón (Jefe de residentes), Eugenia Botto y Mirna Santalucía, al médico anestesista, enfermeras, agentes de guardia y a otros que se ocuparon de Iván no sólo por su excelente y cálida atención sino también porque ejemplifican al corazón que late en el Hospital Centenario.
Graciela Muñoz
DNI 6.503.901
Era un día perfecto
Una semana esperando este sábado para celebrar por anticipado el Día del Niño con la gente del Sindicato de Peones de Taxis. Tanta ansiedad teníamos que llegamos a la una de la tarde, una hora antes que abrieran el portón. Ingresamos puntualmente y empezamos a organizar el día. “Primero vamos al Mambo”, dijo mi hija de 10 años. “Vamos a retirar los regalos que el sindicato les dará”, dije. ¡Sí!, gritaron al unísono. Canjeamos el voucher por los ticket y fuimos primero a la rueda gigante, no sé por qué, si una corazonada o un recuerdo de una película que vi y viviré en poco tiempo, pero trataba de ver cómo estábamos agarrados a ese carrito. Nos filmamos, hablábamos y nos sacaban fotos desde abajo. Seguimos disfrutando ese hermoso sábado en familia hasta que sentí un gran estruendo, giré la cabeza y vi cómo caía desde lo alto ese carro arriba de mucha gente que esperaba en la cola. Gritos, corridas de chicos y adultos. Busqué a mis chicos y vi los ojos llenos de dolor de mi esposa. Por suerte estábamos bien, decidí irnos rápido tratando de que no se asustaran. Al llegar al auto ya había un patrullero y más llegando, bomberos, ambulancias; sirenas por doquier. Mientras esperaba tener lugar para salir vi cuando no podían correr un móvil policial que, habían dejado, cerrado frente a la entrada. Le rompieron el vidrio y pudieron correrlo así entraba esa ambulancia. Un día perfecto que se transformó en el peor momento de mi vida gracias a la falta de controles. Dos tragedias en menos de una semana que se podrían haber evitado.
Carlos Gustavo Hankel
Gracias Rosario
Para la gente querida de Rosario sólo tengo palabras de agradecimiento, en especial para todos los que estuvieron a mi lado tras la explosión de calle Salta al 2100. Gracias por tanto amor, por tanta fuerza, contención e infinidad de ayuda. Gracias a mi vecina Ceci que estaba con su bebé y me ayudó junto con un albañil a salir de los escombros. Con ayuda de la gente que estaba abajo me pasaron de brazo en brazo ya que tuve fractura de pierna, codo y cortes en la cabeza. Rápidamente, me trasladaron al Sanatorio Parque, desde que ingresé hasta que me dieron el alta, todos me hicieron sentir segura, protegida y cuidada. Gracias a las mucamas, enfermeras, médicos, a las compañeras de habitación. Al doctor Luciano Rubí, por su impresionante trabajo, a la gente de Esencial por estar presente y responder en todo momento. Gracias bomberos, rescatistas, policías, vecinos. Gracias Rosario por su gran corazón, por no dejarnos solos. También quiero compartir con ustedes el momento en que me avisaron que mi perro estaba con vida, después de la explosión lo vi y lo llame pero no respondía. A las horas, amigos y familiares se comunicaron con mi novio para darnos la maravillosa noticia de que estaba vivo. Gracias a toda la gente que cuidó y se ocupó de todas las mascotas halladas, y especialmente a Diana Bonifacio, del Imusa, por cuidar a mi “pedazo de alma”. Le agradezco a Dios por salvarnos y protegernos; y mis condolencias a las familias de los fallecidos. Queridos vecinos, los voy a llevar siempre en mi mente y mi corazón. Gracias por las cadenas de oración por los que residíamos en el edificio. Fuerza y más fuerza.
María Belén Bazán
DNI 30.945.594