Si levantáramos los ojos hacia lo alto, esa mirada que muchas veces llevamos puesta en la pantalla del celular o en el reloj, o en los automóviles y semáforos que nos persiguen, si miráramos más allá de la planta baja de los edificios rosarinos, descubriríamos otro mundo, un mundo que cambia en tiempo y en color y nos transporta a espacios remotos y diferentes, a tiempos de antes. Sí, porque allí se encuentran las bellezas que no pudieron ser atacadas por carteles, marquesinas ni luminarias, ni por capas de enduido y de látex que taparan nombres e historias, allí aparece el material de frente de color original, las volutas, las guirnaldas de frutos y de flores, los escudos de familia, los cuernos de la abundancia y los personajes que constituyen la mitología rosarina, ésa tan mestiza que va de cabezas emplumadas a princesas renacentistas y mujercitas aladas, sin contar con los bestiarios poblados de melenas leoninas, alas de águilas y de murciélagos, palomas, felinos imponentes y gatos de porcelana que, desde los techos, le maúllan al amor, perros guardianes y caballos alados a veces, montados por querubines. Sí, porque en las alturas nos acechan esos seres misteriosos que también pueblan nuestra ciudad; esos, fijos y fríos de día y que probablemente de noche se escapan de nichos y emplazamientos para recorrer las calles, mirar vidrieras, meterse anónimos en los boliches, sentarse en los bancos de las plazas, bañarse a la luz de la luna y en las fuentes y lagos del parque Independencia, hamacarse en los juegos y esconderse entre los árboles. Sí, esos seres nos miran y vigilan atentamente, el autor del Quijote, Leda atrapada y seducida por el cisne, la mañana, la tarde y la noche, representadas en mujercitas de mayólica, los angelitos buenos y los malos, las Venus, los Zeus, y los Hermes, los querubines, los cupidos, las ninfas y las nayades, los tritones, sátiros y silvanos, los delfines, las águilas, los leones guardianes, los cancerberos, las ruedas de la fortuna, los mercurios alados. Todos ellos nos miran con curiosidad y hasta nos imitan, mientras nosotros, apurados, los ignoramos.






























