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La falsa vida que se inventó un homicida

Durante 5 años Eduardo Nogueira, condenado por matar a su mujer, se escondió en Rosario con otro nombre. Su novia en la ciudad habla sobre él.

Domingo 06 de Octubre de 2013

Las causas por homicidio no siempre se archivan con el paso del tiempo. A veces se siguen investigando durante varios años y hasta por varias vidas. Eso fue lo que hizo una brigada de la Policía Federal con el crimen de Etel Weksel, ocurrido en la ciudad de Buenos Aires el 16 de julio de 2004. Por ese hecho, en 2008 la Cámara de Apelación en lo Penal confirmó la sentencia a 12 años de prisión que un tribunal le había dictado al esposo de la víctima como autor del asesinato. Pero cuando fueron a detenerlo el hombre ya no estaba. Pasaron cinco años hasta que los pesquisas dieron con él. Se trata de Eduardo Alberto Nogueira, de 56 años, un porteño de nacimiento que se inventó un pasado y una vida en Rosario bajo el nombre de Juan Roger. El martes al mediodía lo detuvieron en el departamento de Alvear 34 bis donde vivía, en el barrio de Pichincha.

   La catástrofe del 6 de agosto, cuando una explosión derrumbó el edificio de Salta 2141, fue para Nogueira una trampa casi mortal. El fugitivo asistía casi a diario a un gimnasio ubicado enfrente del edificio siniestrado y tras la explosión se comunicó con un amigo para decirle que estaba bien, que no se preocupara. Pero ese amigo contactó a la hermana de Eduardo, Liliana Nogueira, cuyo teléfono estaba intervenido por la Justicia. Así, dos meses después, el hombre cayó preso en Rosario.

Con otro DNI. En 2008 a Nogueira le confirmaron la sentencia por el crimen de su esposa: 12 años por homicidio calificado por el vínculo. Entonces no lo pensó demasiado, o tal vez ya lo había planeado. Le pidió a su amigo Juan Roger que le prestara su documento y a partir de ahí se esfumó. No sólo cambió su presente y su pasado, también cambió la vida de ese nuevo Roger. Lo hizo nacer en el rosarino barrio Refinería, jugar de chico al fútbol en Central Córdoba y al rugby en Plaza. Lo hizo cursar la secundaria en el Colegio Maristas y ser padre de una hija que fue a Misericordia. Hasta se hizo fanático de Rosario Central. Pero algo quedó de su pasado. De vez en cuando usaba una camiseta de San Lorenzo firmada por “Pocho” Lavezzi. Una vida extraña, un pasado nuevo, el club de siempre.

   El primer año en que Nogueira recaló en Rosario vivió en Italia al 100. Luego se mudó al departamento de Alvear 34 bis que, al parecer, es propiedad de su hermana. Aquí conoció mucha gente pero no tuvo amigos. La policía que siguió sus pasos pudo identificar dos relaciones directas importantes: una de noviazgo con Patricia C., una comerciante de calle Italia; y otra con una gran amiga que lo recibió desde el primer momento, Graciela, quien vive en inmediaciones de Jujuy e Italia junto a su familia.

De ficción. Patricia tiene cerca de 40 años y atiende un negocio en la zona de Jujuy e Italia. Se la nota golpeada por la noticia del arresto de Nogueira pero no herida. Venía de un divorcio traumático, “pero ya pasó”, se dice. Su asombro y sus dudas son tan voraces como las mentiras de ese hombre al que ella llamará Juan todo el tiempo. “No era lindo, pero si muy caballero y eso me conquistó. Salimos once meses y no noté nada extraño. Me dijo que era viudo, que su mujer Etel había muerto de cáncer en el sanatorio Británico, que tenía una hija que lo visitaba, que había nacido en Refinería y me nombraba a cada uno de sus amigos: El negro, El colo, El pelado. Que a uno de ellos, que tenía un taller, lo tuvieron que operar y fue varias veces al taller a visitarlo. Y que amaba a Central, sabía todo del club. Pero todo era mentira según parece”, dijo la mujer con resignación.

   “Me contó que había querido mucho a su mujer y me mostró las fotos. Era Etel Weksel, la mujer asesinada. Me dio fotos de su hermana, de su hija. Nunca se mostró violento, al contrario. Pero una vez mis hijos empezaron a hacerle preguntas básicas y él las eludió. Tengo tres hijos y a ninguno les caía bien Juan”, relató Patricia mientras recordó algo que el falso Juan Roger le confesó: “Me dijo que durante muchos años estuvo peleado con Dios y no parecía un sicópata”.

En el bar. El hombre se mantenía en forma. Iba al gimnasio de Salta al 2100, tomaba café en el bar “Ana Juana” de bulevar Oroño y Salta donde tenía una mesa de conocidos y solía ir con su amiga Graciela. Tras el arresto del martea, la mujer le dijo a un parroquiano: “No va a resistir la cárcel, se va a matar. Yo voy a ir a visitarlo”. En ese bar decía que era contador.

   Nogueira sostenía que era fanático de Rosario Central, leía el suplemento Ovación de La Capital, pero algo llamaba la atención. “En el bar siempre me pedía Clarín y se preocupaba por San Lorenzo”, dijo un mozo de Ana Juana. Un dato no casual: las hinchadas de Rosario Central y San Lorenzo supieron estar muy unidas. El ser canalla, tranquilamente, podía ser una divisa sustituta.

   Nogueira, o el Roger rosarino, tenía ciertos tics y algunas mañas. “Cada vez que salíamos del departamento él se persignaba, besaba un crucifijo que colgaba de la pared y una estampita de San Benito (un santo ligado a ciertos exorcismos y fundador de la orden Benedictina). Andá, le decía yo, vos y tus santitos”, contó su ex novia. Y agregó que “era muy prolijo, casi obsesivo y me decía que me quería llevar a cenar a buenos lugares, a hacer paseos. Pero no tenía plata, andaba muy mal”, contó Patricia, a quien el hombre le habló de su madre, fallecida a los 90 años en un hospital de Rosario, otra parte de su mentira.

   “Hacía una vida muy sana. No tomaba, no era violento, tenía tatuada una estrella azul en el omóplato y sólo una vez, en el gimnasio, se puso a discutir por Rosario Central y tiró las cosas que había arriba de una mesa. ¿Qué me iba a imaginar que era un asesino?”, contó Patricia ya casi entre sonrisas.

   La última vez que Patricia vio a Juan Roger fue el lunes 30 de septiembre. “Estaba callado, pensativo, raro. Le pregunté qué le pasaba y me dijo que tenía poco trabajo”. El martes cayó preso.

Un vecino correcto. En el edificio del barrio Pichincha sus vecinas tampoco pueden creerlo y por un momento, ante la presencia del cronista, actúan como si entre ellas hubiera vivido junto a Jack el Destripador. Son cuatro y están en el palier del edificio: Nelli, de unos 65 años; Mary, Laura y Sol, chicas típicas de clase media, algunas madres, otras estudiantes.

   “Se comportaba muy bien, muy correcto. Abría las puertas del ascensor, te ayudaba en la calle si te veía. Preguntaba por la familia. Un caballero”, contó una vecina del edificio de diez pisos.

   Allí Nogueira recibía la visita de su amiga y la de su novia, aunque desde que comenzó la relación con Patricia se habían espaciado mucho las visitas de Graciela. Nunca lo visitaban amigos. Nunca se encontraba con hombres a comer pizzas, a tomar cervezas. Nunca lo pasaban a buscar por su casa. Nunca. “Mantenía una actitud amable pero distante. Yo lo encontré varias veces en el colectivo, por la calle” dijo Sol. “Era como que se justificaba. Si lo veías saliendo de un bar te contaba que había estado con un cliente. Contaba parte de su vida: que era viudo y a algunos les decía que la mujer había muerto de cáncer y a otros en un accidente, pero el nombre era siempre el mismo: Etel”, su ex mujer real. “Vestía muy bien y usaba rico perfume. El departamento era muy despojado, muebles casi dispersos, como que estaba de paso”, contaron sus vecinas.

   El martes pasado una brigada de la Policía Federal lo rodeó en Alvear y Jujuy. Le preguntaron su nombre. Roger, dijo. Un agente le retrucó: Nogueira. Miró al oficial y sólo le contestó: “Perdí”. Roger se esfumaba por la calle arbolada y a Nogueira ahora sólo lo espera la cárcel.

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