En 1880 se afianzó en el país un modelo basado en la economía agroexportadora, el unitarismo de hecho y la democracia restringida. Para la elite dominante se había llegado al "fin de la historia", a la etapa final de un proceso que había comenzado con el ascenso de Mitre al poder. Sus miembros estaban convencidos de que sólo ellos estaban capacitados para gobernar el país. En consecuencia, les parecía lógico, natural, que el gobernante de turno fuera un simple empleado facultado tan sólo para obedecer sus órdenes. Estaban convencidos de que el país les pertenecía, que sólo era legítima la democracia para pocos, que las masas no tenían razón alguna para inmiscuirse en algo que les era naturalmente ajeno. Quien accedía al poder político debía ocuparse exclusivamente de dejar hacer y dejar pasar. La economía liberal era intocable ya que garantizaba la vigencia de los negocios elitistas. Ni qué hablar de la propiedad privada, ascendida a la categoría de "valor supremo". Lamentablemente para la elite, en 1916 ascendió al poder político un dirigente radical que, pese a ser profundamente conservador en varios aspectos, causó temor por su ascendiente sobre aquellas masas, mayoritariamente de clase media, que ansiaban participar en política. El temor se transformó en pánico cuando en 1946 el que ascendió a la cumbre política fue un ignoto militar que tuvo la sagacidad de convertir al movimiento obrero en la columna vertebral de un movimiento que a partir de entonces se transformaría en la fuerza política dominante en la Argentina. Surgió el "populismo", término utilizado por la derecha para caracterizar de manera despectiva un fenómeno político, social y cultural que no podía controlar. Se había producido un intolerable quiebre del "orden político natural". ¿Cómo era posible que el poder fuera ejercido por la "chusma", la "plebe", "los descamisados?" Era algo absolutamente contrario a la naturaleza de las cosas. Era inconcebible que hubiera alguien en la Casa Rosada no dispuesto a acatar lo estipulado por el orden establecido. Para la derecha el populismo es una patología política. No es casualidad que Mariano Grondona dijera hace poco tiempo en televisión que el kirchnerismo era un tumor maligno que, afortunadamente (para la derecha, obviamente), aún no había producido metástasis alguna en el tejido social. Error de diagnóstico ya que el kirchnerismo se está extendiendo, cada día con mayor fuerza, a lo largo y a lo ancho del país.



























