Son legión los argentinos que están convencidos de que la política argentina se ha degradado por completo. No confían en ningún político ni en ninguna de las instituciones de la República. Están convencidos de que el Parlamento nacional es un aguantadero y que la Corte Suprema, nuestro máximo tribunal de garantías constitucionales, no está a la altura de las circunstancias. Para ellos la política vernácula es sinónimo de corrupción, venalidad e impunidad. Quizá sirve como triste consuelo pero hace un siglo, cuando era presidente de la Nación el doctor Roque Sáenz Peña, símbolo del régimen conservador y del modelo de la Generación del Ochenta, la política lejos estaba de ser impoluta, inmaculada, libre de todo germen de corrupción. En su libro “El hombre mediocre” (publicado en 1913), José Ingenieros expresa lo siguiente: “En la primera década del siglo XX se ha acentuado la decadencia moral de las clases gobernantes. En cada comarca, una facción de vividores detenta los engranajes del mecanismo oficial, excluyendo de su seno a cuantos desdeñan tener complicidad en sus empresas” (...) “Políticos sinvergüenzas hubo en todos los tiempos y bajo todos los regímenes; pero encuentran mejor clima en las burguesías sin ideales” (...) “Los deshonestos son legión; asaltan el Parlamento para entregarse a especulaciones lucrativas. Venden su voto a empresas que muerden las arcas del Estado; prestigian proyectos de grandes negocios con el erario, cobrando sus discursos a tanto por minuto” (...) “En ciertas democracias novicias, que parecen llamarse repúblicas por burla, los Congresos hormiguean de mansos protegidos de las oligarquías dominantes” (...) “Es de ilusos creer que el mérito abre las puertas de los Parlamentos envilecidos.Los partidos-o el Gobierno en su nombre-operan una selección entre sus miembros, a expensas del mérito o en favor de la intriga” (...) “No sólo se adula a reyes y poderosos; también se adula al pueblo. Hay miserables afanes de popularidad, más denigrantes que el servilismo. Para obtener el favor cuantitativo de las turbas, puede mentírseles bajas alabanzas disfrazadas de ideales; más cobardes porque se dirigen a plebes que no saben descubrir el embuste. Halagar a los ignorantes y merecer su aplauso, hablándoles sin cesar de sus derechos, jamás de sus deberes, es el postrer renunciamiento a la propia dignidad”.



































