Se celebra en España, sobre todo en Cataluña, el bicentenario del nacimiento de Jaime Balmes, sacerdote, pensador, el primer católico que analizó con sentido crítico el pensamiento kantiano, el analista político que intentó unir en España, incluso con un enlace matrimonial, lo tradicional carlista con lo liberal isabelino, el historiador y filósofo de la historia que mostró el influjo del cristianismo en la civilización europea. Fruto de ese influjo fue la “suavización de costumbres”, manifestada especialmente en la abolición de la esclavitud y la supresión de la pena de muerte. Sin embargo, habrá que repetir mil veces la gran incoherencia de que la esclavitud subsiste en la peor de sus expresiones históricas, es decir, con el derecho de vida o muerte sobre los esclavos. Tal es el caso de los niños por nacer que fácilmente pueden ser condenados a muerte por quienes tienen a cargo sus vidas: padres y médicos. Esa condena a muerte no es porque hayan cometido ningún crimen; ni por una sentencia emitida por algún tribunal al servicio de la justicia. La condena a muerte es, como ocurría en diversos casos de esclavitud, cuando el esclavo, en lugar de ser provechoso se convertía en una carga incómoda; así también la opción por la comodidad y la “tranquilidad” deciden la condena a muerte de los niños por nacer. Ahí también está la opción por lo “inmediato”, tratando de sacarse un problema de encima. Lo que hace al crimen estúpido. Porque actúa como un “boomerang” que no dejará dormir ni vivir tranquilos a esa madre y a ese médico. Y el absurdo llega a su culmen en los parlamentos que aprueban leyes, pretendiendo dar un manto de licitud a tan monstruosos crímenes, con el mayor escarnio de la verdad, la justicia y los derechos humanos. Por todo esto, querido Jaime Balmes, la anhelada “suavización de costumbres” parece haber dado un gigantesco salto atrás.

































