Me pregunto permanentemente si a mis 64 años deberé continuar con la esperanza de disfrutar como ciudadano de una clase dirigente que asuma la función pública como una verdadera vocación y no como un medio para obtener beneficios personales. Alguna vez entenderán que la función pública es un mandato popular y el funcionario debe ejercer esa función respondiendo a ese mandato, o sea, estar al servicio de la gente y no servirse de ella. Administrar dineros públicos es la labor de un funcionario totalmente honesto, son dineros que deben volver a la gente que lo eligió y puso toda su confianza en el, deben volver en obras de salud, educación, mejoramiento de la calidad de vida, ayuda social. El funcionario debe tomar conciencia que cada peso que no llega a la gente va a otra cosa y esa otra cosa no es más ni menos que una traición al ciudadano que lo eligió y confió. Los que creemos en Dios sabemos que ese tipo de acción es un pecado mortal porque cada peso que no llega a su destino es un chico que pasa hambre, un enfermo que no recibe asistencia, una calle que no se repara con sus consecuencias, falta de dinero para control, orden, en fin tantas cosas que la gente espera y no llega. Para terminar diré que vocación en la función pública significa responder con honor y honestidad al mandato popular, es una función casi sagrada porque busca mejorar la calidad de vida de los hombres y mujeres que esperan este milagro hace mucho tiempo, pero seguramente con la esperanza de poder lograrlo y disfrutarlo como ciudadanos de este bendito país.


































