En las grandes ciudades se advierte un fuerte crecimiento del individualismo y de la consecuente indiferencia hacia los demás. Es una conclusión de la cotidiana observación de hábitos urbanos. Conductores de automotores que desprecian las normas de tránsito poniendo en riesgo la integridad física de otros. Propietarios o responsables de perros de razas potencialmente peligrosas que los llevan sueltos por las calles, parques y plazas, en desmedro de quienes pasean a los suyos cumpliendo con las ordenanzas pertinentes. Consorcistas que no respetan las disposiciones del Reglamento de Copropiedad y Administración del edificio (ni del Reglamento Interno, si existe) causando molestias a los demás ocupantes del inmueble. Lavado de veredas en horarios que entorpecen o molestan el tránsito a los peatones. Piquetes con cortes de calles y avenidas que se han generalizado como un modo práctico de resolver problemas propios causándoselos a terceros, ajenos al conflicto: unas pocas decenas de personas --con o sin justo reclamo-- mantienen de rehenes a miles que necesitan circular por esas vías para, por ejemplo, llegar a sus trabajos. Quizás algunos de estos actos puedan parecer insignificantes si se los compara con los dramas sociales que vive buena parte de la población, pero ponen de manifiesto que el individualismo --a veces mezclado con soberbia-- y la indiferencia rigen el comportamiento de muchos, convirtiendo a la transgresión en la regla cuando debe ser la castigada excepción. Debemos comprender que las actitudes individuales no pueden ir en contra del interés colectivo y que es difícil modificar las pautas culturales por ley, decreto, ordenanza o reglamento. Es entonces necesario, por el bien de todos, hacer un esfuerzo y cambiar de comportamiento desde dentro de nosotros. Si ello no ocurre, la coerción será sólo un paliativo insuficiente.


































