El teléfono sonó a las 3.40 del sábado 5 de febrero, el mensaje del personal del peaje de General Lagos era claro: "Su hija tuvo un accidente, es trasladada al Heca". Nada más ni nada menos. No puedo describir esos 30 minutos en los que realicé el mismo camino diario, desde Arroyo Seco al Hospital, donde trabajo hace 30 años. Al llegar, primero le agradecí a Dios ver a mi hija viva, tenía un trauma grave. Pero allí estaban, como siempre, como cada hora de todos los días del año, la gente de guardia que ya había ordenado las consultas correspondientes, las imágenes necesarias para el diagnóstico. Los servicios que se hicieron cargo de mi hija en sus primeros cuidados. Después, el sufrimiento, la espera, las complicaciones. Los días y las noches de angustia e incertidumbre. Siempre acompañados, cada instante por mis amigos y colegas para su cuidado y nuestra contención. No puedo nombrarlos a uno por uno, sería injusto. Simplemente, quiero agradecer infinitamente cada uno de los servicios que contribuyeron a llevar a mi hija a casa. Gracias a cirugía, imágenes, infectología, salud mental, kinesiología, al personal de unidad coronaria, en el cual trabajo y donde la trataron con tanta deferencia, a los camilleros, mucamas, personal de vigilancia y en especial a traumatología, terapia intensiva y clínica médica; a sus residentes, staff, colegas y amigos, de nuevo gracias. Dios me puso esta vez del otro lado del mostrador y pude ver cuánto vale cada uno de los que componen la familia del Heca, cuánta calidad humana y excelencia médica. Sus directores, la ciudad de Rosario y su gente deben estar orgullosos por la jerarquía de todo el personal. En definitiva, gracias a todos. Mi familia entera y en especial mi hija Laura los llevarán siempre en el corazón.


































