Es difícil saber a ciencia cierta por qué pero han proliferado tanto los grupos, los colectivos de distintas cosas y pensares que una imagen de la sociedad se podría imaginar como un cuadro del puntillista Seurat, y en cada punto, la representación de un movimiento de algo.
Por ahí, quién lo puede afirmar, el entorno de cada quien se volvió un tanto agresivo y se dispara a necesidad de estar con otros parecidos, afines, eso que llaman un círculo de confianza, que contenga y que limite daños. También, ¿por qué no?, por pereza. Y ese sistema amigo toma las formas más disímiles para objetivos también innumerables. Apenas se necesita un viajecito por las redes sociales para confirmarlo.
¿Está el mundo para salir con los sentidos a flor de piel a descubrirlo, sin prevenciones, sin espanto? Quizás no, entonces se puede, desde un grupo, interactuar con otros grupos que nuclean a cientos de personas, cada una con algunos intereses afines, y así se teje una red para solventar esa necesidad de extender la mirada que suplanta el esfuerzo del descubrimiento. Ahí, el termo se vuelve transparente, y sigue marcando espacios protectores.
Y así están los que otean la existencia desde un club de fútbol (el fútbol y el peronismo, se ha dicho, son las claves para entender a la Argentina), desde la economía, la música, el arte, la arquitectura, los tatuajes, el campo, la manufactura, la comida, las mascotas, la docencia, es inútil tratar de hacer una lista de cuestiones que traducen la vida.
Solo los chicos, que coleccionan asombros, viven ese raro privilegio de aprender las cosas sin miedos y pasan los días maravillándose con cada sorpresa.
Por lo que se palpa, son los únicos.